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“The broken”: Y el espejo se rajó de parte a parte

Cine americano

“The broken”: Y el espejo se rajó de parte a parte

Un puñado de familiares acaba de reunirse en la casa del patriarca para celebrar en torno a la mesa que, a pesar de un motivo tan rutinario como el típico cumpleaños, ellos continúan demostrando ganas de verse e interesantes temas de conversación… hasta que la hipocresía o la esquizofrenia de los invitados explote como el espejo que preside la sala. Suena a secuela de “El ángel exterminador” (Luis Buñuel, 1962), pero se trata del segundo largometraje del joven realizador Sean Ellis, después de que el año pasado estrenase en nuestro país la interesante “Cashback” (2006). En “The broken” (2007) Ellis mantiene su toque fantástico unido a considerables dosis de thriller terrorífico, palo que ya tocó en su corto “Left turn” (2001), para amargar la existencia de Gina (Lena Headey), quien cree encontrarse con un doble de sí misma —tema que abordamos recientemente en esta sección—, como si de las esquirlas del espejo se hubiese escapado una personalidad paralela. Este tratamiento bipolar, extensible a la explicación médica que suele ofrecerse a tan sufridos personajes, es uno de los habituales cuando entre espectador y misterio media una superficie reflectante, puerta a mundos solapados y lecturas superpuestas que hacen más complejo, pero también más apetecible, adentrarse en un mundo construido de opuestos.

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Espejos-portal: Kiefer Sutherland intentó resolver el duelo entre un mundo desdoblado o una única realidad atravesada por subterráneos tapiados en “Reflejos” (2008), el decepcionante regreso de Alexander Aja después de prometer las Américas con su remake de la cinta de Wes Craven “Las colinas tienen ojos” (1977). La película mostraba, sin embargo, uno de los motivos más ancestrales del género de terror y del fantástico más perverso, ineludible para los nipones en el primer caso y para los cuentos infantiles de ambigüos destinatarios en el segundo. Aunque menos explotada en pantalla, la segunda parte de la “Alicia” de Lewis Carroll, “A través del espejo”, versionaba un mundo en sentido contrario con precisión matemática, si bien tanto a un lado como al otro del cristal las niñas son tratadas con condescendencia y los hidalgos marchitos cabalgan sin doncellas con quienes compartir sus arcaicos versos.

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La primera versión del texto de Carroll data de 1928, bajo la dirección de Walter Lang, experto en cintas de corte familiar (“La princesita”, 1939; “El rey y yo”, 1956), aunque el debut del personaje en el cine mudo fuese en 1903, seguida de la serie animada de Walt Disney y numerosos grandes relatos televisivos, el último de ellos protagonizado por una improbable Kate Beckinsale ataviada con los delantales de la niña de tirabuzones dorados. No pocos padres consideran que las historias que el escritor inglés dedicó a la pequeña Alice Liddell recrean un aire de pesadilla nada recomendable para su retoños, aunque fuesen más duras las pruebas impuestas a Dorothy Gale en “Oz, un mundo fantástico” (Walter Murch, 1985), de donde debía rescatar a la reina Ozma, atrapada en un espejo por la malvada Mombi; o a las hermanas Jan (Lynn-Holly Johnson) y Ellie (Kyle Richards), protagonistas de otro extrañísimo producto Disney de los ochenta, “Los ojos del bosque” (John Hough, 1980), involuntarias médiums de una niña de pelo albino que se comunica con ellas a través de cualquier cristal o espejo de su nueva casa, solitaria en una zona forestal donde habita la no menos temible Bette Davis —interpretando a la señora Aylwood—. Criaturas inocentes o malignas se reparten a partes iguales los azogues de las mansiones tenebrosas: los irreales padres de Harry Potter intentaban absorber las horas de su hijo frente al espejo de Oesed en “Harry Potter y la piedra filosofal” (Chris Columbus, 2001), y la familia al completo de Lex Luthor se aplanaba para siempre en los cristales de la Zona Fantasma de “Superman” (Richard Donner, 1978), al menos hasta “Superman II” (Richard Lester, 1980).

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Espejos de mano: Parecen un accesorio femenino pasado de moda, pero la solución a más de un entuerto se hallaba en el fondo de un bolso, como el de la adorable Fran Kubelik (Shirley MacLaine) de “El apartamento” (Billy Wilder, 1960), quien conseguía expresar sus sentimientos al oficinista C.C. Baxter (Jack Lemmon) gracias al diminuto espejo de su polvera: Está roto, decía él. Lo sé, me gusta así. Me veo tal y como me siento. Un ejemplar parecido se revelaba como una herramienta determinante para los desenlaces de “La bella y la bestia” (Gary Trousdale y Kirk Wise, 1991) y “La joven del agua” (M. Night Shyamalan, 2006), pues los lobos herbáceos que acosaban a la ninfa Story (Bryce Dallas Howard) sólo podían verse a través de un espejo. La misma estrategia empleada, aun en sentido inverso, por Jonathan Harker (Keanu Reeves) durante su secuestro en el castillo transilvano del conde Drácula (Gary Oldman) en “Drácula de Bram Stoker” (Francis Ford Coppola, 1992), aprovechando que la hospitalidad del siniestro aristócrata implica una sesión de afeitado y que en el espejo no aparece reflejo ni rastro humano del anfitrión.

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Espejos de baño: Durante la reunión de Daniel Auteuil y Gérard Depardieu en el lujoso baño de hotel de “Asuntos pendientes” (Olivier Marchal, 2004), la tensión entre estos policías y enemigos acérrimos podría hacerse tan peligrosa a costa de las armas con que se amenazan como del espejo que serviría de indeleble testigo. La privacidad del baño, más aún si conlleva la contradictoria etiqueta ‘público’, ha sido desterrada de la vida de mafiosos y gángsteres, y sus espejos son por tradición un límpido refugio ególatra, como acostumbra a recrear Quentin Tarantino“Amor a quemarropa” (Tony Scott, 1993), “Reservoir dogs” (1992) y “Pulp Fiction” (1994) cuentan con su propia confesión especular, la última, además, parodiada por los chicos de “Muchachada Nuí”. Y quien descubrió que los rituales mañaneros frente al espejo abrían puertas a otros mundos mucho más prosaicos que las aventuras sobrenaturales fue Jim Carrey en “El show de Truman” (Peter Weir, 1998), presto a dibujar una escafandra en el cristal y arruinar la emisión a Cristof con su imitación de astronauta.

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¿Hablas conmigo?: Individuos tan insanos e inolvidables como los anteriores dedicaron minutos largos al acicalamiento verbal del espejo, y la palma se la lleva Robert De Niro con sus discursos en “Taxi driver” y “Toro salvaje” (Martin Scorsese, 1976 y 1980), y el meticuloso examen de decadencia física al que se somete en la estación de tren de “Érase una vez en América” (Sergio Leone, 1984). Jon Voight no dejaba de convencerse de que era el gigoló más grande de la ciudad en “Cowboy de medianoche” (John Schlesinger, 1969), y a excepción de estos paradigmáticos perdedores, los espejos, mejor si son de cuerpo entero y ovalados, han servido a psicópatas narcisistas como Buffalo Bill en “El silencio de los corderos” (Jonathan Demme, 1991), la madrastra de “Blancanieves y los siete enanitos” (David Hand, 1937) —espejo parodiado en “Shrek” (Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2001)—, “M, el vampiro de Düsseldorf” (Fritz Lang, 1931) y sus muecas post-asesinato, y, cómo no, una “Mary Poppins” (Robert Stevenson, 1964) que de puro perfecta tenía hasta un reflejo mimético que le hacía los coros en las canciones.

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Tema borgiano por excelencia, el espejo se amolda a las inquietudes de cualquier género, a las esperas e impaciencias amorosas y al negro vacío de las noches de apagón eléctrico, pero siempre representará un riesgo, el ofrecimiento de una imagen próxima a perderse, a medida que los objetos se estropean y los humanos se vuelven más viejos, circunstancia que ilustra a la perfección el “Orfeo” de Jean Cocteau (1950), cuando el poeta sosias del personaje mitológico incumple la promesa hecha a la Muerte y contempla a su Eurídice a través del retrovisor de un coche. Una pérdida irreparable que evoca el temor a contemplar lo que ya no somos y en lo que nos hemos convertido, como descubría Igor en “El jovencito Frankenstein” (Mel Brooks, 1974) cuando su reflejo lo espantaba de tal forma que el cerebo sano robado caía al suelo y la torpeza sólo podía ser subsana mediante un cerebro deficiente y una de las comedias más sobresalientes de las últimas décadas.

En las imágenes, fotogramas de: “The broken” © 2008 Versus Entertainment. Todos los derechos reservados. “Shrek” © 2001 DreamWorks SKG y Pacific Data Images. Todos los derechos reservados. “Los ojos del bosque” ©1980 Walt Disney Pictures. Todos los derechos reservados. “Drácula de Bram Stoker” © 1992 American Zoetrope, Columbia Pictures Corporation y Osiris Films. Todos los derechos reservados. “El show de Truman” © 1998 Paramount Pictures y Scott Rudin Productions. Todos los derechos reservados. Y “Cowboy de medianoche” © 1969 Florin Productions y Jerome Hellman Productions. Todos los derechos reservados.

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