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Una cuestión de fondo: Por qué no funciona el esquí clásico

Acción

Una cuestión de fondo: Por qué no funciona el esquí clásico

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Aceptamos el mundo en dos dimensiones ante el que actuaban nuestros más antiguos ídolos, también los callejones de cartón piedra que desde luego no tenían salida y las lianas de tela que surgían de la nada, tangibles en un mundo de murales pintados. Incluso nos tragamos con nostalgia gratuita a esos conductores temerarios, casi siempre en descapotables, con el viento de frente y espontáneas furgonetas atravesando el inexistente flanco derecho –algún día trataremos los límites de la realidad en la escena del coche de Lana Turner en “Cautivos del mal” (1952)–. Entonces, ¿por qué no funcionan los descensos de esquí? No son más ni menos impostados que la pantalla móvil de una carretera. Sin embargo, algo falla, y muy gordo, y la respuesta la hallamos en tres puntos clave. En primer lugar, la cámara. El plano fijo sobre la capota de un Rolls Royce es posible y contribuye a la credibilidad de unas apariencias torpes y temblorosas. La misma mirada estática sobre el rostro de un esquiador, por el contrario, provoca más bien risa. Y es que el paisaje se eleva, desciende, sigue el transcurso de las lomas, y el personaje impone el ritmo a su modo, desconocedor del movimiento que se proyecta tras él. Un encuadre congelado duplica la broma del momento, subraya el contraste de tendencias opuestas y traza una danza pugilística entre figura y fondo, como si, en este caso, James Bond se pelease con las montañas.

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