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Una “Radio encubierta” para locutores y disc-jockeys irreverentes

Años 40

Una “Radio encubierta” para locutores y disc-jockeys irreverentes

La lista de actores que consiguió completar Richard Curtis para su nueva comedia —tras su debut en la dirección con “Love actually” (2003)— rivaliza en resonancia con los éxitos que pinchan Philip Seymour Hoffman, Bill Nighy o Nick Frost, a bordo de su “Radio encubierta”, trasliteración al castellano que respeta el juego de palabras implícito en el original, “The boat that rocked”. The Kinks, David Bowie, The Who, Jimi Hendrix, Cream, Otis Redding, The Turtles, Cat Stevens o The Supremes son el contenido y no la excusa de un tema tan atractivo como las emisoras pirata que en los sesenta amenazaron el orden del espectro radiofónico administrado por el gobierno, que tiene en Kenneth Branagh a su representante cinematográfico. Ya hemos comprobado los esperpénticos usos de la radio en el cine, desde contactar con muertos (“Frequency”, Gregory Hoblit 2000) hasta reabrir el debate extraterrestre (“Contact”, Robert Zemeckis 1997), pero suele restársele importancia a su misión primigenia: amenizar con sus clásicos nuestro día a día.

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Orson Welles en “Días de radio” (Woody Allen, 1987): Justo antes de que el valle bergmaniano hundiese durante más tiempo de lo habitual el fervor que muchos seguidores sentían por el director neoyorquino, esta deliciosa película homenajeó aquel tiempo en el que el jazz nutría los espacios musicales —imperio que pretenden sabotear los pinchadiscos de Richard Curtis— y cuya vida doméstica rotaba sobre el eje de la enorme y pesada radio de válvulas. Al igual que la escritora Betty Smith, quien hizo de “Un árbol crece en Brooklyn” el retrato idealizado de una infancia neoyorquina en los años veinte, Woody Allen fantasea con su propia niñez en la época de Pearl Harbour y de las falsas alarmas de invasión marciana que teatralizó Orson Welles con su compañía radiofónica The Mercury Theatre on the Air, para terror de las masas y divertido sketch sobre una cita frustrada en mitad de la niebla.

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Hard Harry en “Rebelión en las ondas” (Allan Moyle, 1990): Cuando a los adolescentes aún les faltaba el poderío de Facebook, Myspace, Fotolog o Messenger como herramientas de suplantación de personalidad, subdivisiones tribales y extensión del chisme y la consigna panfletaria, el pásalo era un comienzo de reacción en cadena más fácil para los chicos con equipo radiofónico casero. Tal es el caso de Mark (Christian Slater), un joven con problemas para relacionarse que halla en el micrófono el equivalente de la máscara del superhéroe, aunque parezca imposible salvar almas mancebas en un paraje tan áspero como el de Arizona, y especialmente cuando algunas de ellas lleven al límite el ejercicio de rebeldía propuesto por Mark. Nada demasiado diferente a los modernos podcast… ¿El secreto del éxito de Hard Harry? Tal vez esa canción de Leonard Cohen a modo de cabecera.

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Dave Garver en “Escalofrío en la noche” (Clint Eastwood, 1971). ¿Qué mejor muestra de amor que un hit escogido delante de todos los radioyentes para el periquito/a de turno? Evelyn (Jessica Walter) corrobora esa creencia cada noche, cuando el programa de David Garver (Eastwood) está a punto de echar la trapa y ella telefonea para pedirle que ponga “Misty”, una pieza al piano de Erroll Garner con un toque inquietante. Lo que no sabe Dave es que la voz de arrullo de la mujer se dirige a él con algo más que reverencia profesional, de modo que el encuentro ¿fortuito? en un bar propicia una aventura con visos de convertirse en un “Misery” de las ondas. Flojo debut del actor en la dirección con un thriller televisivo de trama vista hasta la saciedad, envuelta en un aura terrorífica que más bien viraba hacia lo hilarante y que provocó un incremento de las matrículas en las facultades de periodismo. ¿Quién no querría la voz de Constantino Romero y una fan capaz de reconocerlo embelesada con tan sólo pedir una caña en la barra?

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“Petey” Greene Jr. en “Talk to me” (Kasi Lemmons, 2007): Pasó sin pena ni gloria por las carteleras, pero el biopic de este showman afroamericano confiaba en jugosos antecedentes para conseguir el interés del público: Ralph Waldo Greene abordó durante la década de los sesenta los temas vetados en los respetables hogares de esos mad men drogados con el somnífero de los cincuenta, y lo hizo desde una emisora de Washington y después de una estancia de cinco años en la cárcel, donde forjó sus pinitos radiofónicos gracias a la emisora de los presos. Mantuvo un ascendente estrellato hasta los primeros ochenta, cuando le fue diagnosticado un cáncer de hígado que pondría cierre de emisión a su carrera. Esta biografía filmada presenta todas las desventajas argüidas por los detractores del género, pero al menos Don Cheadle ofrece uno de sus habituales consistentes trabajos y el famoso —al menos por aquellos lares— Cedric the Entertainer actúa como Nighthawk, el dj de Petey, que engrosa la banda sonora del film con clásicos del soul y el R&B como James Brown, Sam Cooke, Al Green, Diana Ross o Sly Stone.

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Mary Collins en “El diablillo ya es mujer” (Irving Pichel, 1947): La expansión profesional de la mujer tras la Primera Guerra Mundial no incluyó entre las preferenicas más usuales la carrera radiofónica, salvo contadas gargantas prodigiosas que no quisieron limitarse a los jingles publicitarios —ejemplo que ilustra a la perfección “Días de radio”—. Deanna Durbin, la niña de los ojos de la Universal cuya popularidad hoy ha decaído estrepitosamente, salió de la minoría de edad con un trabajo de locutora y pinchadiscos muy masculino para la época, aunque el estudio le reservase un armario de lujo y unos cuantos números musicales para paliar el efecto andrógeno de su currículo. Quizá este oficio tenga algo de maldición auténtica en la gran pantalla, vista la turbulenta vida amorosa de Barbra Streisand en “Tal como éramos” (Sydney Pollack, 1973), donde apelaba a las conciencias estadounidenses con éxito mientras fracasaba al llamar la atención de Robert Redford; o ese sucedáneo de Cyrano de Bergeraç sobre una tímida veterinaria con bloque radiofónico en “La verdad sobre perros y gatos” (Michael Lehmann, 1996), después de que su director ya perpetrase otro atentado contra las ondas en “Cabezas huecas” (1994), doble lectura inclusive.

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Jeff Dugan en “FM” (John A. Alonzo, 1978): La experiencia más parecida a la nueva “Radio encubierta” fue protagonizada por el equipo de la emisora Q-SKY de Los Ángeles, en continua batalla con los directivos de la cadena por rellenar de música los espacios que deberían corresponder a los descansos publicitarios. No hay práctica más loable, pero menos rentable, que la de un hilo sinfónico omnipresente, practicado por Wolfman Jack en “American Graffiti” (Ron Howard, 1973) y los cantantes de “The great american broadcast” (Archie Mayo, 1941) o “El último show” (Robert Altman, 2006). En el presente film, la bandera recae en un grupo de variopintas personalidades con distintos conceptos de la utopía sonora, capitaneado por el televisivo Michael Brandon, y seguidos de una longeva sitcom“WKRP in Cincinnati” (1978-1982), cuyas tramas se ubicaban en las tripas de una emisora, seguida de “Newsradio” (1995-1999); aunque ninguna serie con empleado radiofónico tan notoria como “Fraisier” (1993-2004), que demostraba lo festivo que puede ser un trabajo de severa pronunciación: locutor psiquiátrico.

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Adrian Cronauer en “Good morning, Vietnam” (Barry Levinson, 1987): Sólo Robin Williams haría creíble que un grito de guerra despertase cada mañana a las tropas militares asentadas en el frente vietnamita durante los años de aquel infructuoso enfrentamiento. Tras abordar el conflicto en tonos lisérgicos, filosóficos y shakespearianos, a la guerra de Vietnam le faltaba una comedia decente que, imposible paradoja, contentase a todo el mundo sin herir susceptibilidades ni perder franja de público. La única solución viable en dichos términos apelaba al nervio sentimental y a la apología de valores universales como la amistad, el humor y el amor a la buena música. Entre The Beach Boys, THEM, Adam Faith, Ray Conniff, The Vogues, Louis Armstrong con, cómo no, “What a wonderful world”, y hasta uno de los summer hits de aquellos ídolos adolescentes Frankie Avalon y Annette Funicello, el imprevisible, histriónico y afable Adrian contenta a las tropas a la par que crece su descontento con los propósitos del ejército y las injusticias sufridas por los civiles —como “El pianista” (Roman Polanski, 2002) que se aferra a su instrumento mientras Berlín se desploma—. Notas de reportero prohibidas, dado que éstas sólo saben bailar al ritmo de las valquirias.

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Howard Stern en “Partes privadas” (Betty Thomas, 1997): El sucesor natural de Petey Greene, con quien coincidió en los ochenta, fue este locutor que hizo de su controvertida figura la estrella, aun cuando aquella estrategia sólo parecía funcionar en televisión, medio que finalmente probaría. Egocéntrico, polémico y honesto de manera dolorosa, Howard Stern se convirtió en el presentador mejor pagado de la radio estadounidense y en una bomba de artificio de estallidos incontenibles con su programa “The Howard Stern Show”, que en la actualidad se emite en la emisora digital Sirius XM. Su tumultuosa vida privada y sus descalabros profesionales, reconvertidos en peldaños al estrellato, llenaron las páginas de su libro autobiográfico “Partes privadas”, del que se rodó esta película de factura mediocre y peores interpretaciones —Stern, dueño del cotarro, insitió en protagonizarla junto a sus colegas reales, ninguno con experiencia o dotes cinematográficas—, aunque la jugada le valió un notable puesto de taquilla.

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Billy Magic en “Ídolos, mentiras y rock & roll” (Guy Ferland, 1997): Kevin Bacon le tomó cariño al papel de pesadilla para adolescentes, y tras “Sleepers” vino esta poco conocida pero curiosa cinta, donde él era el afamado locutor y Brad Renfro el imberbe hechizado por la voz del dj Billy Magic y por un estilo de vida en el que no le conviene involucrarse. El lujo atrae a las chicas tan fáciles como el dinero que rebosa a espuertas de las carteras, y tras un aleccionador paseo por el averno de la pretenciosidad, por donde también asoman Jonathan Rhys Meyers, Luke Wilson o la petarda Calista Flockhart, se aprende que las canciones de Chuck Berry, The Platters o Jerry Lee Lewis suponen un tesoro que ni el más cool de los presentadores puede multiplicar. Hasta un disc-jockey ciego —el de “Punto límite: cero” (Richard C. Sarafian, 1971)— conoce la importancia de la canción adecuada, como ese “Picture this” de Blondie que teje y desteje desde una radio el espaciotiempo de “Los cronocrímenes” (Nacho Vigalondo, 2007).

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Barry Champlain en “Hablando con la muerte” (Oliver Stone, 1988): Tomando como base real al locutor Alan Berg, el director desarrollaba una de sus historias de egos y tragedias tan queridas, con un contexto radiofónico poco amigo de los top ten musicales y más tendente a la polémica discusión ideológica. Barry (Eric Bogosian) defiende a ultranza réplicas secas, satíricas y despiadadas frente a una jungla de radioyentes inestables, así como exalta sus orígenes judíos, que le ganan la enemistad de un colectivo neonazi. Del amor al odio y de las cabinas donde los problemas flotan en palabras efímeras a la incontrolable vida real, Barry es un agitador con pies de barro, tan pequeño al alzarse contra el sistema como Paul Newman en “Un hombre de hoy” (Stuart Rosenberg, 1970), donde se rebelaba contra los dudodos métodos de la emisora WUSA.

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En las imágenes: “Radio encubierta” © 2009 Universal Pictures International Spain. Todos los derechos reservados. “Días de radio” © 1987 Orion Pictures Corporation. Todos los derechos reservados. “Rebelión en las ondas” © 1990 New Line Cinema y SC Entertainment. Todos los derechos reservados. “Escalofrío en la noche” © 1971 Universal Pictures y The Malpaso Company. Todos los derechos reservados. “Tal como éramos” © 1973 Columbia Pictures Corporation y Rastar Productions. Todos los derechos reservados. “FM” © 1978 Universal Pictures. Todos los derechos reservados. “Good morning, Vietnam” © 1987 Touchstone Pictures y Silver Screen Partners III. Todos los derechos reservados. “Partes privadas” © 1997 Paramount Pictures,  Rysher Entertainment y Northern Lights Entertainment. Todos los derechos reservados. “Ídolos, mentiras y rock & roll” © 1997 Banner Entertainment, Ben Myron Productions, Kuzui Enterprises y Relevart Inc. Todos los derechos reservados. “Hablando con la muerte” © 1988 Cineplex-Odeon Films y Ten-Four Productions. Todos los derechos reservados.

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