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“Viernes 13″: Hasta el infinito, más allá… y vuelta a empezar

En 1963, Herschell Gordon Lewis entra en la Historia del cine creando un género que a día de hoy se mantiene en un estupendo estado de forma: el gore, colorida profusión de miembros y mondongo variado que ve la luz gracias a la obligadamente seminal “Blood feast”. Tres lustros después, John Carpenter aterra a medio mundo con “La noche de Halloween”, disparando la adrenalina del público teen gracias a la imponente figura de Michael Myers, obsesionado con mandar al otro barrio a su sobrina, la pobre Laurie Strode (idolatrada Jamie Lee Curtis); fundiendo ambos títulos, en 1980 el astuto Sean S. Cunningham lanza un puñetazo a la industria y se saca de la manga la que a la postre se ha convertido en una de las sagas más longevas del séptimo arte (con permiso de los trekkies).

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“Viernes 13″ unió la visceralidad de Lewis y la figura del killer on the loose de la propuesta de Carpenter ─si bien es cierto que en Italia, por ejemplo, misteriosos asesinos llevaban más de diez años aniquilando jovencitas desde el giallo cinematográfico, nacido de la mano de Mario Bava─, abriendo una veda en la que cualquier mozalbete podía, y aún puede, ser ajusticiado de las maneras más pintorescas y sanguinolentas que podamos imaginar. Ahora, casi tres décadas después, Michael Bay, resucitador de pilares del género, recupera la máscara de hockey para las nuevas generaciones. Veamos cómo uno de nuestros exterminadores favoritos ha llegado hasta aquí.

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El campamento Crystal Lake cerró sus puertas hace más de veinte años debido a un terrible suceso: el pequeño Jason Vorhees (Ari Lehman) murió ahogado en el lago por la despreocupación de sus monitores, centrados más en satisfacer sus placeres carnales que en velar por el bienestar del muchacho. Pero en opinión de Steve Christy (Peter Brouwer) eso es, nunca mejor dicho, agua pasada; así, reabre las instalaciones despertando la furia de un misterioso psicópata que se dedicará a liquidar sin remisión a todos los integrantes del equipo del empresario que tengan la desgracia de cruzarse con él en el bosque. Nueve, concretamente. Echando la vista atrás, la sola mención de “Viernes 13″ trae a la memoria del espectador, más allá de la ya legendaria máscara de hockey del inmortal Vorhees, los ecos creados por Harry Manfredini para la banda sonora, aquel susurrante “ki ki ki ma ma ma” ─obtenidos a partir de las palabras “kill” y “mom”, que resuenan en la mente de Pamela Vorhees (Betsy Palmer), la verdadera homicida en esta primera entrega, decapitada al final con un gigantesco machete─. Y es que estamos ante un título clave en el fantástico moderno, más que por sus méritos artísticos ─que los tiene, desde una narración velocísima y amena a los impactantes efectos especiales del mago Tom Savini, pasando por un hábil uso de los mecanismos clásicos del terror para provocar el sobresalto en el palco, o esa acertada y tenebrosa cámara subjetiva─, por todo lo que supuso para el género posterior.

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El rodaje duró menos de un mes, y el revuelo generado en torno a su estreno, derivado básicamente de la violencia que el film exhibía sin tapujos, provocó tal avalancha en los cines que recaudó cerca de cuarenta millones de dólares, cuando su coste apenas había superado el medio millón. Resultaba evidente que las secuelas no tardarían en llegar, y así fue, a pesar de que tanto Cunnigham como Palmer fueron nominados en la primera edición de los Razzie Awards ─que premian lo más lamentable del año─ en las categorías de Peor Director y Actriz Secundaria. Pero la taquilla manda, como recuerda el cineasta: «cuando en Paramount vieron todo el dinero que habían ganado se volvieron locos. Decían que si con diez crímenes ganaron tanto, en las siguientes debería haber por lo menos veinte para amasar el doble». Y en 1981 Steve Miner, productor asociado en el primer capítulo de la franquicia, se ponía tras las cámaras de “Viernes 13, 2ª parte”, más que encomiable continuación en la que ya empezaba a quedar claro que acampar nunca más iba a ser lo mismo. Meses después de la tragedia original, un nuevo grupo de mocitos incautos pulula por Crystal Lake; entre ellos, la superviviente del asalto previo, Alice (Adrienne King, reticente a participar por ser acosada en la vida real por un fan desquiciado). El bueno de Jason luce aquí un saco en la cabeza que le da un pavoroso aspecto de espantapájaros, en una cinta más centrada en el suspense que en la truculencia, opción tomada por los responsables para poder exhibir en cines sin demasiados problemas. En el recuerdo, un antológico enfrentamiento final y la puerta abierta a la continuación.

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El 13 de agosto de 1982 llegó a las salas americanas “Viernes 13, 3ª parte”, anunciada a bombo y platillo por proyectarse en formato tridimensional. Nuevamente con Miner a los mandos, la saga inicia en este punto un declive inevitable, aunque es cierto que sus hermanas posteriores superan con creces el descalabro de este capítulo. Como curiosidad, señalar que es aquí donde hace su aparición la famosa máscara de hockey que luce Jason (Richard Brooker), cuyo origen se encuentra en uno de los miembros del equipo, Terry Ballard, que apareció en el set con ella seduciendo inmediatamente al director. Muchas de las escenas no son sino un plagio de las secuencias de la matriz, y el sopor es la nota dominante a pesar de que la brutalidad empieza a adquirir aquí un cariz mucho más notable. Sea como fuere, arañó cerca de cuarenta millones de dólares en taquilla, diez veces su presupuesto. Así que… en 1984 el horror volvería con “Viernes 13, 4ª parte: Último capítulo” de la mano de Joseph Zito, a quien los incondicionales de Chuck Norris le debemos las maravillosas “Delta Force” e “Invasión USA”, que rodó inmediatamente después de aumentar el recuento de cadáveres a mayor gloria de nuestro querido amigo Vorhees, de nuevo interpretado por Brooker y que en esta ocasión resucita en la morgue para dar pasaporte a todo el que aparezca en pantalla. Mencionar la participación de Corey Feldman y Crispin Glover, en un film en el que el subtítulo marcaba las sinceras intenciones de Paramount por saldar el sanguinario culebrón. Pero los más de treinta millones con que el público premió la propuesta, cuando la película no había costado ni siquiera dos, animaron al estudio a replantearse su decisión.

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Y con aplastante lógica, en 1985 Danny Steinmann luce desde la butaca de director “Viernes 13, 5ª parte: Un nuevo comienzo”, todo un despropósito en el que incluso se olvida uno de los leit motiv de la saga desde que se convirtiera en trilogía, la explicitud de los actos del tarado protagonista; así, la mayoría de las muertes (dieciséis) son más intuidas que mostradas, a pesar de que algunas de ellas ─la pareja que, inconscientemente, hace el amor en una tienda de campaña en el campo─ merecen ser vistas más de una vez. Alejado de Crystal Lake, alejado en el tiempo de sus hermanas, alejada de todo, este quinto capítulo amasó veinte millones en taquilla, a pesar de tratarse de una propuesta innegablemente nefasta. Lo mejor para el aficionado, esperar… exactamente hasta el 1 de agosto de 1986, fecha en la que se demostró lo que todos ya sabíamos con “Viernes 13, 6ª parte: Jason vive”. Tom McLoughlin toma las riendas con un fervor que le impulsa a rodar determinadas secuencias incluso en la piscina de sus padres, una pasión que se palpa a la hora de sentarse a valorar la que, de momento, se convierte en la carnicería más importante de la franquicia, con un montante total de dieciocho muertos que sumar a la larga carrera sanguinaria de nuestro chico. En esta ocasión, otro puñado de púberes semidesnudos trata de abrir el campamento Forest Green sin saber que, en realidad, se trata de Crystal Lake; el loco de la máscara (C.J. Graham), que ha resucitado gracias a un rayo que cae sobre una barra de hierro que le ha clavado el ya clásico Tommy Jarvis (Thom Mathews), responsable de su muerte doce años atrás (cuando lucía el rostro del adorable Feldman), decapita, aniquila, desmiembra y arrasa a la muchachada empeñada en reactivar un alberge que deberían dejar cerrado de una vez por todas (afortunadamente, no es así). A pesar de las buenas intenciones de McLoughlin y su equipo, por primera vez no se alcanzan los veinte millones a la hora de hacer caja, lo que no es óbice para seguir adelante.

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John Carl Buechler, más que conocido por los amantes del fantaterror por ser el responsable de los efectos especiales de un ingente catálogo de producciones de género del más diverso calado, se ocupó en 1988 de hacer realidad nuestras pesadillas una vez más con “Viernes 13, 7ª parte: La película” (“Sangre nueva”, en el original americano), cuya peculiaridad principal se encuentra en la monumental figura del stunt man Kane Hodder, que prestaría su físico a Jason de modo continuado hasta su viaje interestelar en la décima entrega. Vorhees reposa atado con cadenas en el fondo del lago, hasta que Tina (Lar Park-Lincoln) le libera de su tumba acuática ─involuntariamente, claro─ gracias a sus poderes de telequinesis; a partir de aquí, festival exterminador en una propuesta verdaderamente amena, más notable que la mayoría de sus compañeras, que cuenta con la mejor silueta enmascarada hasta el momento ─mostrando, incluso, los huesos de su columna vertebral─ y un clímax realmente delirante y maravilloso, en el que el pobre mostrenco recibe tal paliza que incluso dan ganas de ponerse de su parte (bueno, lo cierto es que todos estamos siempre con él). Puede que a resultas de tamaña somanta de palos, en 1989 regresó más cafre que nunca en “Viernes 13, 8ª parte: Jason vuelve… para siempre”, lamentable traslación al castellano del “Jason takes Manhattan” anglosajón, entrega que hubo de ser censurada por la brutalidad de alguna de sus secuencias (eso sí, Hodder se negó a que su rol matara a un pobre perro en el muelle, suprimiendo esa escena del guión). La mayor parte del metraje transcurre en un barco, aunque el director Rob Hedden tenía previstas abundantes tomas en la Gran Manzana. Flojita y excesivamente paródica, significó la salida de Paramount de la financiación tras confirmarse el progresivo bajón en taquilla. New Line heredó el sello, ralentizando el ritmo de estrenos.

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Llegamos a la década de los 90. Concretamente, a 1993, momento en el que aterrizó en nuestras vidas “Viernes 13, 9ª parte: El final. Jason va al Infierno” ─literalmente─, pequeño festival para el aficionado avezado que estuvo a punto de ser dirigido por Tobe Hooper e, incluso, John McTiernan. Abundan los guiños como la aparición del Necronomicón de la saga “Posesión infernal” de Sam Raimi, o el gimnasio que puede verse en “Los pájaros” de Hitchcock. Para hacer frente a este Mal absoluto vuelto a la vida tras una bizarrísima escena de antropofagia post mortem en un depósito de cadáveres, ni más ni menos que John D. LeMay, protagonista de “Viernes 13. La serie”, que por aquí programó en su momento la pantalla amiga. Este episodio, pretendidamente definitivo, elevó el listón en lo tocante a humor, acción y sanguinolencia, en buena medida gracias a un sano tono autoparódico y la participación en el apartado de efectos especiales de los magos de la KNB. Casi treinta almas pasan a mejor vida en la que debía ser la última aparición del psicópata, y nadie mejor para darle puerta que el mismísimo Freddy Krueger, teóricamente finiquitado dos años atrás y con cuya garra se encarga de recoger la máscara de hockey en una última secuencia tan delirante como entrañable (a modo de anécdota, señalar que quien se enfunda el guante con cuchillas es ni más ni menos que Kane Hodder, en un doble papel no apto para fetichistas). Dos millones de presupuesto, poco más de diez de recaudación, y un merecido descanso hasta el siglo XXI.

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Ni siquiera Satanás es capaz de hacerle sombra al verdugo de Crystal Lake, de suerte que tan sólo consigue retenerle durante ocho años en sus dominios. Eso, en tiempo real, porque en la ficción nos trasladamos hasta el siglo XXV, momento en que sitúa la acción de “Jason X” (2001), el saludo de Vorhees, a estas alturas todo un tótem cinematográfico universal, a la llegada del nuevo milenio. Un grupo de mozalbetes recuperan de una antigua sala de crionización de cuatrocientos años de antigüedad un descomunal corpachón que rápidamente identifican gracias al testimonio de una afortunada superviviente. Por supuesto, lo que parece un cadáver no lo es, ni mucho menos, y no tarda demasiado en recuperar su saludable estado de forma, máxime tras ser fundido con una mesa quirúrgica y convertirse en una especie de cyborg destructor imparable. Divertida y psicotrónica, esta entrega contó con James Isaacs, miembro del equipo de F/X de Chris Walas, como responsable; de ahí, tal vez, la participación del maestro David Cronenberg en un cameo memorable. Por primera vez, se recurrieron a efectos digitales a la hora de mostrar las virtudes de Jason en una aventura sideral que sirvió, entre otras cosas, para que los amantes de las estadísticas se volvieran locos a la hora de echar cuentas con el número de cadáveres: 28 personas caen bajo el afilado machete, record absoluto hasta la fecha. Desde luego, a los espectadores les quedó más que claro que no hay ningún lugar en el que esconderse.

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Quizá por eso los responsables de New Line buscaron un nuevo camino. Y también porque eran los dueños de la licencia de “Pesadilla en Elm Street”. Y porque sí, qué demonios. De modo que, en 2003, los dos mayores iconos del terror moderno ─con permiso de Michael Myers y Leatherface─ se vieron las caras en “Freddy vs. Jason”, un enfrentamiento decepcionante para quien esperaba ver a ambos ídolos mano a mano masacrando universitarios, ya que, lejos de eso, se enfrascaban en una pugna en la que el azote de Elm Street ejercía de sobradísimo maestro de marionetas denostando a su mudo compañero (Ken Kirzinger) y relegándole a un segundo plano que en absoluto le hacía justicia. Ronny Yu, uno de tantos cineastas chinos que han dado el salto a Hollywood para nada, se encargó de orquestar el combate, sobre un soso guión ─por su puesta en escena, más que por lo que verdaderamente proponía─ en el que metió mano el más temible que estimable David S. Goyer. Ineludible el final abierto, principalmente para poder fustigar a la mocedad americana con una más que previsible “Freddy vs. Jason 2″ que, de momento, sigue siendo una quimera. Pero ambos se han visto sus feas caras en una serie de cómics en la que tomaba parte activa otro grande, Ash, el elegido, que también forma por derecho propio parte del panteón honorífico del fantastique. Lo que suceda a partir de ahora, aún no lo sabemos, aunque lo podemos prever, visto lo visto. Depende de Platinum Dunes, pero ojalá Marcus Nispel consiga, al menos, mantener el estimable listón que se fijó con su paseo por aquel lejano páramo de Texas.

En las imágenes: Cartel de “Viernes 13 (2009)” © 2009 Paramount Pictures Spain. Todos los derechos reservados. 1 y 2, fotogramas de “Viernes 13″ © 1980 Georgetown Productions Inc., Paramount Pictures y Sean S. Cunningham Films. Todos los derechos reservados. 3 y 4, fotogramas de “Viernes 13, 4ª parte: Último capítulo” © 1984 Georgetown Productions Inc. Y Paramount Pictures. Todos los derechos reservados. 5, fotograma de “Viernes 13, 5ª parte: Un nuevo comienzo” © 1985 Georgetown Productions, Paramount Pictures y Terror Inc. Todos los derechos reservados. 6, fotograma de “Viernes 13, 6ª parte: Jason vive” © 1986 Paramount Pictures y Terror Films Inc. Todos los derechos reservados. 7, fotograma de “Viernes 13, 8ª parte: Jason vive… para siempre” © 1989 Paramount Pictures y Horror Films. Todos los derechos reservados. 8, fotograma de “Freddy vs. Jason” © 2003 New Line Cinema, Cecchi Gori Group Tiger Cinematografica, Avery Pix, Sean S. Cunningham Films, WTC Productions y Yannix Techonology Corporation. Todos los derechos reservados.  

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2 - MigueL - 22:05 - 13.02.15

Ni siquiera la primera parte es una buena película. Pero por lo menos tiene esa atmósfera gracias al escenario del campamento.

Las más pasables son la primera, la tercera, la sexta, y ya.

Las peores; La quinta, la séptima, la octava y la novena. Éstas, malas de cojones.

Quizás el remake no me parece tan malo, y Jason X no la vi.

Un buen artículo sobre Viernes 13 ;)



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