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Reseñas de un Butaquero
Un repaso desenfadado a la actualidad del cine
y los correos de los lectores

ESPECIAL NAVIDAD 2005. Un cuento cinematográfico de Navidad. Homenaje a Charles Dickens
La sección de Sidious

NOTA: se incluyen fragmentos de "Cuento de Navidad", de Charles Dickens (traducción de José Antonio Álvarez-Uría Rico; Alba Editorial).

El alarido dejó mudos a todos los que se hallaban presentes en el plató.
    —¡Cooorten! —gritó con profunda rabia el director Scrooge.
    «La frialdad que tenía dentro había congelado sus viejas facciones y afilaba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte, había envejecido sus ojos, azulado sus finos labios; esa frialdad se percibía claramente en su voz raspante. Había escarcha canosa en su cabeza, cejas y tenso mentón. Siempre llevaba consigo su gélida temperatura; él hacía que su despacho estuviese helado en los días más calurosos del verano, y en Navidad no se deshelaba ni un grado».
    —¡Maldigo el día en que decidió hacerse actriz, señorita Sullivan! —siguió bramando el señor Scrooge—. ¡Ha derramado esa lágrima un segundo antes de que terminara de pronunciar su dichosa y lastimosa frase!
    La joven que escuchaba las palabras de tan vehemente realizador tragó saliva y agachó la cabeza; aquel era el trabajo más importante de su carrera y, en el primer día de rodaje, ya la había pifiado. Sin embargo, ese sentimiento de culpabilidad no era visto como tal por todos aquellos que, en esos instantes, se hallaban en el set. Las miradas furibundas se lanzaban hacia el tiránico Scrooge, un director prestigioso, cierto, pues a sus setenta y nueve años había sido galardonado con cientos de premios, mas tu tosco carácter le había granjeado no pocos enemigos.
    —¡También maldigo el día en que elegiste a esta jovenzuela para este papel! —exclamó Scrooge mientras se levantaba y se dirigía a la responsable del casting—. Ya me estás buscando a otra para mañana.
    —¿Mañana? Es... Navidad.
    —¡Pues entonces el lunes la quiero aquí! Y dígale a toda esa chusma que ya puede irse a casa.
    Scrooge salió del plató y caminó presuroso y enfadado al despacho que tenía en las oficinas del estudio. Allí, trabajando frente a un ordenador, se hallaba Bob Cratchit, un hombre delgado y de aspecto fatigado. En otra mesa se encontraba un muchacho de apariencia más jovial. «"¡Feliz Navidad, tío; que Dios te guarde!"». «"¡Bah! —dijo Scrooge—. ¡Tonterías!"». «"¿Navidad una tontería, tío? Seguro que no lo dices en serio"». «"Sí que lo digo. ¡Feliz Navidad! ¿Qué derecho tienes a ser feliz? ¿Qué motivos tienes para estar feliz? Eres pobre de sobra"». «"Vamos, vamos —respondió el sobrino cordialmente—. ¿Qué derecho tienes a estar triste? ¿Qué motivos tienes para sentirte desgraciado? Eres rico de sobra"». «Scrooge no supo repentizar una respuesta mejor y dijo otra vez: "¡Bah!" —y siguió con— "¡Tonterías!"». «"No te enfades, tío", dijo el sobrino».
    —¿Que no me enfade? Llevo dos días de retraso con respecto al plan de rodaje que minuciosamente había preparado. ¿Qué he de hacer entonces? ¿Reírme como si estuviera viendo una película de Blake Edwards? ¡Estoy rodeado de una sarta de incompetentes!
    —¿Acaso me incluye a mí, tío?
  Scrooge guardó silencio, como si por un instante quisiera comerse sus propias palabras. Finalmente, no pudo contenerse:
    —¡Sí, demonios, tú también! ¿Puede calificarse de diestro a alguien que trabaja para mí a cambio de un sueldo miserable? Tienes el suficiente talento como para que otras productoras te quieran en su plantilla. ¡A eso le llamo yo no estar en sus cabales! —dijo Scrooge mientras recogía su abrigo de una percha.
  El sobrino sonrió, conocedor de que su tío ya sabía la respuesta a la pregunta que le había planteado:
    —Papá me dijo que cuidara de ti, que evitara que tu alma se marchitara.
    Scrooge arqueó sus cejas y dibujó una mueca en su rostro:
    —La benevolencia de tu padre sólo le supuso que otros se aprovecharan de su buena fe. Años han transcurrido desde que nos dejó y, ya ves, sólo tú te acuerdas de él. La gloria, sin embargo, me acompañará en mi lecho de muerte —dijo mientras señalaba con su mano izquierda a una vitrina en la que se amontonaban los múltiples premios que había recibido a lo largo de su carrera.
    —Marley, tu habitual guionista, también creía lo mismo en vida. Cuando feneció, ni siquiera tú le echaste de menos... ¿Acaso es eso un legado? Tío, no acabe sus días como él, venga a cenar a casa esta noche.
    «"¡Sobrino!", replicó Scrooge secamente, "celebra la Navidad a tu modo, que yo la celebraré al mío"».
    «"¡Celebraré", repitió el sobrino de Scrooge. "Pero si tú no celebras nada..."».
    «"Entonces déjame en paz", dijo Scrooge. "¡Que te aprovechen! ¡Mucho te han aprovechado!"».
    «"Puede que haya muchas cosas buenas de las que no he sacado provecho", replicó el sobrino, "entre ellas la Navidad. Pero estoy seguro de que al llegar la Navidad —aparte de la veneración debida a su sagrado nombre y a su origen, si es que eso se puede apartar— siempre he pensado que son unas fechas deliciosas, un tiempo de perdón, de afecto, de caridad; el único momento que conozco en el largo calendario del año, en que hombres y mujeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir libremente sus cerrados corazones y para considerar a la gente de abajo como compañeros de viaje hacia la tumba y no como seres de otra especie embarcados con otro destino. Y por tanto, tío, aunque nunca ha puesto en mis bolsillos un gramo de oro ni de plata, creo que sí me ha aprovechado y me seguirá aprovechando; pero eso digo: ¡bendita sea!"».
    Scrooge guardó silencio, luego lanzó una mordaz risotada y de inmediato ordenó a su sobrino que avisara a su chófer. Sin despedirse, se subió a su automóvil y dejó que le llevaran a su mansión, una grandiosa casa situada en las colinas de Hollywood. Entró en su hogar y se dirigió a la cocina, donde halló la nota que le había dejado su sirvienta y en la que le indicaba dónde podía calentar la cena. «Feliz Nabidad, señor Scrup», finalizaba el texto.
    —¡Estúpida analfabeta! —dijo en voz alta el cineasta.
    Luego de comer, el anciano Scrooge accedió al ascensor que conducía al piso superior, lugar en el que se encontraba su dormitorio. Se duchó y, envueltas sus carnes con un pijama y un batín, sentóse en una cómoda butaca para terminar de leer una biografía de Frank Capra que había empezado la noche anterior. «¿John Ford elogió a este tipejo? ¡Imposible!», musitó Scrooge. En esto, y mientras el sueño comenzaba a percibirse en sus ojos, el hombre escuchó un ruido. Al principio no le dio importancia, así que prosiguió su lectura hasta que notó que los párpados se le cerraban. Cuando los abrió, una familiar figura se hallaba situada frente a él.
    «"¿Quién eres tú?"».
    «"Pregúntame quién fui"».
    «"Pues ¿quién fuiste"».
    «"En vida yo fui [tu habitual guionista]: Jacob Marley».
    —No, eso es imposible —negó con la cabeza un aterrorizado Scrooge.
    «"Tú no crees en mí"», observó el fantasma. «"¿Por qué dudas de tus sentidos?"».
    «"Porque"», dijo Scrooge, «"cualquier cosa les afecta. Un ligero desarreglo intestinal les hace tramposos. Puede que tú seas un trocito de carne indigestada, o un chorrito de mostaza, una migaja de queso, un fragmento de patata medio cruda"».
    De repente, el televisor de la habitación se encendió, escuchándose la voz de Haley Joel Osment en "El sexto sentido": «en ocasiones veo muertos». Aquello fue demasiado para el anciano. «Scrooge cayó de rodillas y, con manos entrelazadas, imploró ante él: "¡Piedad!", exclamó. "Horrenda aparición, ¿por qué me atormentas"?».
    «"¡Materialista!", replicó el fantasma. "¿Crees o no crees en mí?"».
    «"Sí, sí", dijo Scrooge. "Por fuerza. Pero ¿por qué los espíritus deambulan por la tierra y por qué tienen que aparecerse a mí?"».
    —Ah, quisiera decirte que es para actuar como figurante en una de las múltiples producciones de terror que se estrenan hoy en día, mas no es mi deseo engañarte. «Vas a ser hechizado por Tres Espíritus"», sentenció Marley. «"Sin estas visitas"», dijo el fantasma, «"no tendrás esperanza de evitar un destino como el mío. El primero vendrá mañana, cuando las campanas den la una"».
    «"¿No podrían venir los tres y acabar de una vez, Jacob?"», insinuó Scrooge.
    «"Espera al segundo a la noche siguiente a la misma hora. El tercero, a la siguiente noche, cuando se extinga la vibración de la última campanada de las doce. No volverás a verme y, por la cuenta que te sigue, ¡recuerda todo lo que ha sucedido entre nosotros!"». Tras estas palabras, el fantasma se esfumó.
    Scrooge tardó en reaccionar, era como si hubiera asistido a una película en la que él mismo se había convertido en la principal estrella. Tan atarantado se encontraba que se introdujo con premura en la cama de su dormitorio, cubriéndose el rostro con el edredón. Sin embargo, pronto sintió los tañidos del reloj de pared del salón. Eran las dos de la madrugada, aunque luego se escucharon tres campanadas, y después cuatro, cinco, seis, «y así sucesivamente hasta las doce; luego dejó de sonar».
    «"Pero, ¿qué está pasando? ¡Es imposible!", dijo Scrooge. "No es posible que haya estado durmiendo un día completo hasta la noche siguiente. ¡Y es imposible que le haya sucedido algo al sol y sean las doce del mediodía!». Mientras su mente divagaba sobre ello se oyó un «ding, dong». ¡La una! Una luz invadió la estancia y una elegante sombra brotó de la misma.
    —¡Aghh! ¡Capra! ¡Frank Capra!
    —Sí, puede ser —respondió el ente— Aunque ahora mismo «"soy el fantasma [cinematográfico] de la Navidad del Pasado"».
    «"¿Pasado lejano?"».
    «"No. Tu pasado" [...]. "¡Levántate y ven conmigo!"».
    No hubo convicción en sus movimientos, sino temor. De pronto, Capra le dio un empujón y lo lanzó hacia la ventana, que se abrió de par en par, propiciando que Scrooge creyera que se iba a caer desde una gran altura y por ende a estrellarse contra el suelo. Pero nada de ello aconteció, pues de pronto, y como si de Peter Pan se tratara, su cuerpo descendió lentamente y, frente a él, se dibujó un lugar conocido. «"¡Cielo Santo!", dijo Scrooge enlazando sus manos y observando el entorno. "¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí pasé mi infancia!"».
    La calle estaba repleta de vida, con niños que correteaban de un lugar a otro, gente que de vez en cuando salía de sus tiendas esperando que entrara algún cliente y... ¡el cine! ¡El cine que tanto le había hecho disfrutar de pequeño! Chaplin, Ben-Hur, el gran Kong, Dorothy, Blancanieves... Sus ojos se iluminaron por la emoción.
    «"Desearía...", murmuró metiendo la mano en el bolsillo y mirando alrededor, tras secar los ojos con la manga, "pero ahora ya es demasiado tarde"».
    «"¿De qué se trata?", preguntó el espíritu».
    «"Nada", contestó Scrooge, "nada. Anoche, un chico estuvo cantando un villancico en mi puerta. Desearía haberle dado algo; eso es todo"».
    —Extraño anhelo, casi parece sacado de una de mis películas. ¿Recuerdas "¡Qué bello es vivir!"? ¿Por qué ahora reniegas de ella? ¿Por qué la desprecias?
    —Yo... susurró Scrooge, que «se sentía agotado y vencido por un irresistible sopor; también se dio cuenta de que estaba en su propio dormitorio [...]. Apenas tuvo tiempo de llegar tambaleante a la cama antes de hundirse en un sueño profundo».
    «Cuando se despertó en medio de un prodigioso ronquido y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie podía haber avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la una. Supo que había recobrado la conciencia justo a tiempo para mantener una entrevista con el segundo mensajero [...]. Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente, cuando la campana dio la una y no apareció ninguna forma, Scrooge fue presa de violentos temblores».
  De pronto, percibió una «luz fantasmal en la habitación de al lado, donde parecía resplandecer [...]. En el momento de asir la manilla de la puerta, una voz le llamó por su nombre y le ordenó entrar».
    —El fantasma cinematográfico de la Navidad Presente
soy —dijo el espíritu—. ¡Mírame!
    Eso es lo que hizo Scrooge, quedándose atónito al observar al menudo Yoda, aquel maestro Jedi creado por ese detestable individuo llamado George Lucas. El cine había muerto hacía tiempo a causa de los desmanes que este individuo y su amigo Steven Spielberg habían perpetrado en la década de los setenta, o al menos eso era lo que pensaba Scrooge.
    «"Espíritu [...], condúceme a donde desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí una lección que ahora estoy aprovechando. Esta noche, si tienes algo que enseñarme, lo aprenderé con provecho».
    —¡Mi manto toca! —exclamó un ufano Yoda.
    Scrooge apareció entonces en un diminuto piso. Se acercó a la salita y reconoció a Bob Cratchit, uno de los empleados de su productora, quien celebraba el día de Navidad con su familia. El anciano se fijó en un niño tullido al que todos llamaban Tiny Tim; tosía y su rostro se mostraba pálido mas, si uno se fijaba en sus ojos, éstos irradiaban felicidad.
    «Bob brindó:»
    «"Felices Pascuas a todos nosotros, queridos. ¡Que Dios nos bendiga!"».
    «Toda la familia lo repitió».
    «"¡Dios bendiga a cada uno de nosotros!", dijo Tiny Tim en último lugar. Estaba sentado muy cerca de su padre, en un pequeño escabel. Bob sostenía en su mano la manita marchita del niño, como si le amase, como si quisiera tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo arrebatasen».
    «"Espíritu", dijo Scrooge con un interés que nunca antes había sentido, "dime si Tiny Tim vivirá"».
    —Un sitio vacante veo. «Si esas sombras permanecen sin cambios en el futuro, el niño morirá».
    «"No, no", dijo Scrooge. "¡Oh, no, amable espíritu! Dime que se salvará"».
    «"¡El señor Scrooge!", dijo Bob; "brindo por el señor Scrooge, Fundador de la Fiesta"».
    «"¡El Hundidor de la Fiesta en verdad!"». De hecho, me recuerda al señor Burns de "Los Simpson" «, exclamó la señora Gratchit enrojeciendo. "Me gustaría tenerle aquí. Para festejarlo le diría cuatro cosas y espero que tenga buenas tragaderas».
    «"Querida mía", dijo Bob; "los niños: es Navidad"».
    «"Tiene que ser Navidad, estoy segura", dijo ella, "para beber a la salud de un hombre tan odioso, tacaño, duro e insensible como el señor Scrooge. ¡Sabes que es cierto, Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú, pobre mío!"».
    «"Querida, es Navidad", fue la tranquila respuesta de Bob"».
    «"Bebo a su salud porque tú me lo pides y por el día que es", dijo la señora Cratchit, "no por él. ¡Por muchos años! ¡Alegre Navidad y feliz Año Nuevo! Él va a sentirse muy alegre y muy feliz, ¡no me cabe la menor duda!"».
    Aquella estampa se disipó y Scrooge pronto reconoció otro lugar, en concreto el salón del apartamento de su sobrino, quien festejaba la Navidad con algunos amigos. En el televisor se podía ver una película, "Elf", a la que nadie le prestaba demasiado atención.
    —Hubiera sido mejor alquilar "Polar Express" —comentó alguien.
    —¡O "American pie"! —se desternilló otro.
    Bromearon entonces entre ellos e inventaron diversos juegos para pasar el rato. Scrooge los observaba con interés e incluso sonrió en un par de ocasiones. Luego comprobó decepcionado que alguien se burlaba de él, mas su sobrino salió en su defensa.
    «"Me da lástima; no puedo enfadarme con él. El que sufre por sus manías es siempre él mismo" [...]. "¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo para el viejo, sea lo que sea!", dijo el sobrino. "Él no me lo aceptaría, pero da lo mismo. ¡Por tío Scrooge!"».
    «La campana dio las doce».
    «Scrooge miró a su alrededor y ya no vio al fantasma. Al cesar la vibración de la última campanada recordó la predicción del viejo Jacob Marley y, elevando la mirada, vio cómo se acercaba hacia él un fantasma solemne, envuelto en ropas y encapuchado, deslizándose como la niebla sobre el suelo».
    Aunque el ser no dijo nada, Scrooge enseguida reconoció sus facciones: era Palpatine, Darth Sidious, ¡el Emperador!, otra de aquellas aberrantes creaciones del pérfido George Lucas. Su rostro se mostraba plagado de arrugas que parecían riachuelos, mientras que sus ajadas manos permanecían próximas a su cuerpo, situándose entre el pecho y la cintura.
    «"¿Me hallo en presencia del Fantasma [cinematográfico] de la Navidad del Futuro?", dijo».
    «"Has venido para mostrarme las imágenes de cosas que no han sucedido pero sucederán más adelante", prosiguió Scrooge. "¿Es así, espíritu?"».
    «Los pliegues de la parte superior del ropaje se contrajeron por un instante, como si el espíritu hubiera inclinado la cabeza. Esa fue la única respuesta».
    A su derredor apareció de repente «un cementerio parroquial [...]. ¡El sitio merecía la pena! Emparedado entre edificios, cubierto de yerbajos —vegetación de la muerte, no de la vida—, demasiado atiborrado de enterramientos, inflado de voracidad satisfecha. ¡Bonito lugar!».
    «El espíritu se detuvo entre las tumbas y señaló una».
    «Tembloroso, Scrooge [...] leyó en la losa de la abandonada tumba su propio nombre, EBENEZER SCROOGE». Había dos ramos de flores con sus respectivas tarjetas (gracias a ello supo que uno era de su sobrino y otro de Bob Cratchit), aparte de una corona en la que se podía leer: «a mi verdadera fuente de inspiración. Con afecto, Uwe Boll».
    —¡No! ¡No! ¡Nooooo! ¿Dónde están los respetos de mis verdaderos compañeros de profesión? ¿Acaso no aplaudí cada una de las soflamas que año sí y año también nos soltaban Tim Robbins y Susan Sarandon en los Oscar®? ¿Y Chris Rock? ¿De qué me ha servido fingir que me reía con sus chistes? ¡Se me rompió la mandíbula a causa de ello! Ah, aguarda, no he de echar las culpas de mis faltas a los demás, ¿verdad? —musitó Scrooge, sumido en sus pensamientos—. Siento un débil hálito de lo que podría haber sido, espíritu, un recuerdo que se disipa en personas que querían apreciarme y a las que humillé. Sí, lo percibo con claridad...
    «"¡Espíritu!", gritó agarrándose con fuerza al manto, "¡escúchame! Ya no soy como antes. Gracias a este encuentro ya no seré el msmo que antes. ¿Por qué me muestras todo esto si ya no hay esperanza para mí?"».
    «"¡Espíritu bueno!", continuó diciendo postrado en el suelo. "Tu benevolencia intercede en mi favor y me compadece. ¡Dime que todavía puedo modificar las imágenes que me has mostrado si cambio de vida!"».
    «En su agonía, se agarró a la mano espectral. La mano trató de soltarse pero Scrooge la retuvo con fuerza implorante. El espíritu, aún con mayor fuerza, le rechazó». «Alzando sus manos en una postrer súplica para cambiar su destino, Scrooge vio una alteración en la capucha y túnica del fantasma, que se encogió, se desmoronó y se convirtió en la columna de una cama».
    «¡Sí!, y la columna era suya, de su propia cama, y suya era la habitación. ¡Pero lo mejor de todo es que el tiempo que le quedaba por delante era su propio tiempo y podía enmendarse!».
    «Mientras gateaba para salir de la cama, Scrooge repetía "Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los tres espíritus del tiempo me ayudarán. ¡Oh, Jacob Marley! ¡El cielo y las Navidades sean loados! ¡Lo digo de rodillas, viejo Jacob, de rodillas!».
    «Estaba tan alterado y tan acalorado con sus buenos propósitos que su quebrada voz apenas le salía. Durante un conflicto con el espíritu había sollozado violentamente y su rostro aún seguía humedecido por las lágrimas».
    «"¡No sé en qué fecha estamos!", dijo. "No sé cuánto tiempo he estado con los espíritus. No sé nada. Estoy como un niño. Qué más da. No me importa. Es mejor ser como un niño. ¡Hola! ¡Yuppy! ¡Hola eh!"». No obstante, su curiosidad hizo que le echara un vistazo al reloj digital de su pulsera y, como suponía, por fin pudo confirmar que aquella era la mañana de Navidad.
    Luego tuvo una ocurrencia y se acercó con brío al teléfono. Despertó a su secretaria y le dijo que si conseguía encontrar la cesta de Navidad más grande de la ciudad... ¡le doblaba el sueldo! Le indicó entonces que la enviara a la casa de Bob Cratchit, pidiéndole además que nadie le dijera quién se la regalaba y que le facilitara la dirección de su empleado.
    —Perdone que se lo pregunte —dijo la mujer—. ¿Tiene fiebre?
    —No, ¡claro que no! —exclamó entre risas Scrooge—. Por cierto, ¿tendrá usted el DVD de "¡Qué bello es vivir!"? Me gustaría revisarla...
    —No, ya veo que no tiene fiebre... Simplemente... ¡está borracho! —se atrevió a exclamar la secretaria.
  Entonces Scrooge se aseó y salió de su lujoso hogar; «estuvo en la iglesia, deambuló por las calles, contempló a la gente apresurándose de un lado para otro, dio palmaditas en la cabeza de los niños, se interesó por los mendigos [...]. Nunca había imaginado que un paseo le pudiera reportar tanta felicidad. Por la tarde, encaminó sus pasos hacia la casa de su sobrino».
    «Pasó por delante de la puerta una docena de veces antes de acumular el valor suficiente para subir y llamar. Pero tuvo el arranque y lo hizo».
    —¿Quién es?
    «"Soy yo. Tu tío Scrooge. He venido a cenar. ¿Puedo quedarme, Fred?"».
    «¡Que si podía! Fue una suerte que no se le cayera el brazo con las sacudidas. En cinco minutos se sentía como en su casa». Nunca se lo había pasado tan bien en su vida y, además, pudo conocer mejor a su sobrino y a los amigos de éste. Hablaron de lo trivial y de lo espiritual, e incluso Scrooge insistió en que la velada terminara con el visionado de "E.T. El extraterrestre". Sus ojos se tornaron infantiles y hasta tuvo que pedirle a alguien un pañuelo para enjugarse sus lágrimas. ¡Por primera vez en su vida había entendido el significado de aquella película!
    «Pero a la mañana siguiente llegó temprano a la oficina [de los estudios]. ¡Si pudiera ser el primero y sorprender a Bob Cratchit llegando con retraso! En ello había puesto todo su empeño».
    «¡Y lo consiguió; sí, lo consiguió! En el reloj dieron las nueve. Bob sin aparecer. Dieron las nueve y cuarto. Bob sin aparecer. Llegó con dieciocho minutos y medio de retraso».
    «Antes de abrir la puerta ya se había quitado el sombrero y también la bufanda; en un santiamén ya estaba en su [silla], trabajando intensamente con el [ordenador] como si intentara dar marcha atrás en el tiempo».
    «"¡Hola!", gruñó Scrooge, fingiendo lo mejor que supo su voz habitual. "¿Qué significa esto de llegar a estas horas?"».
    «"Lo siento mucho, señor", dijo Bob. "Me he retrasado"».
    «"Es la única vez en todo el año, señor", se excusó Bob [...]. "No se volverá a repetir. Ayer tuvimos un poco de fiesta, señor"».
    «"Pues le diré una cosa, amigo mío", dijo Scrooge, "no voy a continuar consintiendo cosas como ésta. Y por consiguiente", prosiguió, saltando de su asiento y aplicando a Bob tal empujón [...] que le hizo retroceder tambaleándose [...], "y por consiguiente ¡estoy a punto de subirle el sueldo!"».
    Bob, atónito, temblaba, pues no sabía si su jefe se burlaba de él o simplemente se había vuelto loco.
    «"¡Feliz Navidad, Bob!", dijo Scrooge con inconfundible acento de sinceridad, al tiempo que le daba palmadas en la espalda. "¡La más Feliz Navidad, Bob, mi buen compañero, que yo le haya deseado en muchos años! Le aumento el sueldo y me propongo a auxiliar a su necesitada familia"».
    «Scrooge cumplió más de lo prometido. Lo hizo todo y muchísimo más; fue un segundo padre para Tiny Tim, que no murió. Se convirtió en el amigo, amo y hombre más bueno que se conoció en la vieja y buena ciudad o en cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia del bueno y viejo mundo. Algunas personas se reían al ver el cambio, pero él las dejaba reírse sin prestarles atención pues era lo bastante sabio para darse cuenta de que nada bueno sucede en este globo sin que determinadas personas se harten de reír al principio; sabía que tales personas siempre estarían ciegas y consideraba el malicioso brillo y arrugas de sus ojos como una enfermedad cualquiera [...]. Su propio corazón reía y con eso le bastaba».
    «No volvió a tener trato con aparecidos, pero en adelante vivió bajo el Principio de Abstinencia Total y siempre se dijo de él que sabía mantener el espíritu de la Navidad como nadie. ¡Ojalá se pueda decir lo mismo de nosotros, de todos nosotros! Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que Dios nos bendiga a todos, a cada uno de nosotros!».

Sidious
sidious@labutaca.net                                 Jueves, 22 Diciembre >>
 

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