CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
El modernizado sonido de la motosierra
Michael Bay produce un remake de "La matanza de Texas" que aun
respetando el espíritu de la original, actualiza en exceso al
nuevo cine de terror sus mejores virtudes
Lo primero que llama la
atención, en esta nueva vuelta de tuerca de la carencia de ideas
que impera en un Hollywood avocado a res-catar viejos clásicos y
adaptarlos a las nuevas tendencias comer-ciales, es que el
benefactor de esta nueva versión de "La matanza de Texas" es el
director de blockbusters Michael
Bay ("Arma-geddon" y "Pearl
Harbor"). Un indicio de que la nueva metamorfosis del
gore es más un artificio comercial que un verdadero
interés en recuperar un subgénero que, en el último año, ha dado
varias muestras de resurrección con mayor o menor suerte. Menos
asom-bra que otro de los nombres que se han lanzado a este
remake sea el del propio Tobe
Hooper, el director original de la obra ma-estra de
1974 que, lejos de haber consolidado una filmografía cohe-rente,
necesita de estas tretas para obtener algún suculento benefi-cio
más allá de los conseguidos por sus TV movies y películas
de serie B.
Al igual que Zack Snyder con "Ama-necer
de los muertos", flamante y es-pectacular remake
de "Zombi", de George A. Romero, el debutante di-rector de
video-clips Marcus Nispel
intenta actualizar y remedar un clási-co imposible de superar. Y
lo prime-ro que asombra de este a priori indecente facsímil
actualizado a los nuevos cánones hollywoodien-ses es la solidez
con la que el jo-ven cineasta ha pretendido ser fiel al espíritu
de su original con un respeto que mantiene muchas de las
señas de identidad de la película de Hooper aportando incluso
algún ele-mento novedoso que, si bien no chirría, sí hace
recordar los mejo-res momentos de obscenidad de la mítica obra
de regusto insa-lubre que destilaba suciedad por todos sus
planos. Una nueva ver-sión que conduce sus hilos narrativos de
forma hábil y siempre ho-nestamente entre el homenaje y la
recreación ajustada a los nue-vos modelos de terror. La historia
es básicamente la misma, pero con un nuevo prólogo y nuevos
pulsos que hacen que las víctimas aparezcan renovadas todas
ellas en su reajuste modernista para perecer de similar forma
diferente a la que recordábamos. Si en la primera los
protagonistas se dirigían a Texas a ver una tumba que había sido
profanada, ahora se dirigen a un concierto de Lynird Skynird con
una piñata llena de marihuana. Pero ni el autostopista que
recogen es el mismo, ni los efectos de la locura desencadena-da
en la árida América profunda son similares. A este respecto la
película no presenta grandes variaciones en relación a la
original, salvo en la pequeña salvedad de cambiar y actualizar a
sus jóvenes protagonistas y cambiar algunos personajes. Un
ejercicio que im-pone un gran lastre a la hora de conformar la
mejor virtud del filme de Tobe Hooper: la antipatía y
enajenación que se respiraba en su modelo. Si en aquélla todos y
cada uno de los protagonistas se pa-recían en su personalidad
banal y estereotipada, casi tan evidente como la de la familia
de matarifes, en "La matanza de Texas (2004)" se excede
demasiado en darle profundidad a sus criaturas con pinceladas
descriptivas que pueden llegar a ser insultantes para los
adoradores de su primera versión. Así, el personaje de Ma-rilyn
Burns que iba enloqueciendo hasta llegar a un histerismo
inso-portable se permuta en la increíble
Jessica Biel (lo mejor de la
fun-ción), una heroína reflexiva y perspicaz digna de película
de acción. Ya no hay un gordo paralítico que tiene una salchicha
en la boca, ni una pareja de gilipollas y, lo que es peor, los
pequeños retazos sobre la personalidad de un desaprovechado
Leatherface, la nueva disposición familiar (con la excepción de
R. Lee Ermey) y las muertes
masculinas juegan un papel en contra de la intención de Nispel
por acercarse a la enfermedad opresiva que poseían los
an-teriores maniáticos rurales. Excluyendo a un novedoso niño
freak y semideforme, al abuelo postrado en una silla de ruedas y
poco más, la estirpe de asesinos carecen de impacto, a pesar de
su fre-nética presencia y de los sonoros ataques con la sierra
mecánica por parte del inolvidable y gigantesco 'Cara de cuero’.
Lo más destacable de la esforza-da labor de Nispel es su
intencio-nalidad a la hora de recrear la sensación de verismo y
la crudeza de la película de Hooper, atenuan-do su textura
malsana y abando-nando la estética feísta por una sofisticada
estilización de formas que no implica una disminución de la
brutalidad de fondo. El realizador re-cupera para ello la
capacidad del deli-rio histérico original en su intento de
aterrorizar al espectador con una nue-va ola visual creada para
la ocasión por Daniel C. Pearl,
curiosamente, el mismo director de fotografía de "La matanza de
Texas" de 1974. De esta manera, sustentado en un exceso estético
y de puesta en escena luminosa que se hace casi insoportable en
sus escenarios exteriores, la atmósfera sórdida y decadente que
se respira en los fotogramas de este remake son
relevantes en los fangos representados en las casas (matadero
incluido) propiedad de la familia de asesinos. La destreza de
esta nueva versión está en contraponer la belleza de su estética
ex-terna, personificada en los jóvenes cinco protagonistas
(guapos y de cuerpos perfectos), con la monstruosidad freak
del interior de los hogares de la familia de matarifes
capitaneados por ese icono incorruptible que es Leatherface. Por
eso esta cinta, lejos de ser un calco del clásico de Hooper, es
una nueva relectura que da lugar a una película que se aleja del
modelo lo suficiente como para ser disfrutable hasta por el
nuevo espectador acostumbrado a saborear la sangre de la
pantalla con un buen cubo de palomitas. De ahí que el ritmo de
esta nueva matanza esté más cerca del cine de acción que del
incómodo y sórdido realismo anexo al cine documental que
desglosó Hooper hace tres décadas. Y como lo paradójico de
la legendaria película era su impronta de espectá-culo alejado
de la hemoglobina explícita, Nispel procura inspirarse en
aquella pauta psicológica, pero cayendo sin embargo en míni-mas
concesiones a la mutilación, la sangre o la náusea explícita.
Eso sí, acogiéndose en todo momento a los nuevas criterios del
cine de terror. Tal vez se eche de menos al escalofriante
Leather-face y el sonido de su motosierra en un final que evita
el desasosie-go de una persecución en campo abierto para jugar
al escondite y servir en frío un doble final que hace evocar la
sensación de la lo-cura física y mental que dejaba como regusto
su antecesora. A pe-sar de ello, esta "La matanza de Texas
(2004)" es una muy diverti-da y digna muestra de cine de terror
inscrito entre el gore y el sla-sher que procura
crear un halo de locura y demencia gracias a la anteriormente
mencionada fotografía, su música minimalista com-puesta de
retorcidas y chirriantes notas musicales y sus extrava-gantes y
enfermizos personajes. Una probidad que pierde algo de sentido
por el abuso de las licencias concedidas al nuevo público pero
que sorprende por su respeto por el original sabiendo adecuar su
efectividad homogeneizando lo mejor del pasado y del presente de
un subgénero que parece estar encontrando el buen camino pa-ra
su esperada restauración fílmica.
Calificación:
    
Imágenes de "La matanza de Texas (2004)" - Copyright © 2003
New Line Cinema, Focus Features, Next Entertainment, Platinum
Dunes y Radar Pictures. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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