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Especial Star Wars] [Episodios I II III IV V VI]

STAR WARS. EPISODIO II. EL ATAQUE DE LOS CLONES

3.2 - CRÍTICAS CINEMATOGRÁFICAS

3.2.1. CRÍTICA por Joaquín R. Fernández

Puntuación: 7.5
Banda Sonora Original: ****

NOTA: este artículo contiene «SPOILERS» que quizás no quieran conocer los lectores que aún no han visto la película.

Fotograma de "Star Wars. Episodio II. El ataque de los clones" - Copyright © 2002 Lucasfilms, Ltd.

Con motivo del estreno de "Star Wars. Episodio I. La Amenaza Fantasma", George Lucas fue uno de los directores más vilipendiados por crítica, público y compañeros de faena. La crítica ya había afilado sus armas tiempo atrás, deseosa de hundir a uno de los productores de mayor éxito de todos los tiempos. El público, mayoritariamente fans que se arrogan la facultad de decidir por sí solos cuál es el verdadero espíritu de la saga, incluso olvidándose de que su creador puede hacer con ella lo que le venga en gana, acusó de infantilismo a un filme que tan sólo buscaba presentar personajes y urdir una oculta trama política que serviría de base al despertar de conspiraciones posteriores. Finalmente, Hollywood dio la espalda al artífice de Indiana Jones, ninguneándole en la gala de los Oscars© en favor de "Matrix" (cuyos efectos especiales, por cierto, no tenían nada de innovadores). La envidia, pues, y el hecho de que quizás todo el mundo esperaba demasiado del regreso de la fauna espacial más conocida de todos los tiempos, han hecho mella en el respetable, que quizás se enfrenta al visionado de "Star Wars. Episodio II. El Ataque de los Clones" con una (relativa) indiferencia que no encontrábamos en 1999.

Es curioso, "Star Wars. Episodio I. La Amenaza Fantasma" le da mil vueltas a cualquiera de los productos veraniegos que nos han torturado en las últimas fechas. Pero, claro, lleva el logotipo de la franquicia más importante de la Historia del Cine y queremos que sea perfecta. Los que antaño éramos niños pretende-mos encontrar un producto adulto, sin darnos cuenta, por cierto, de que toda la saga de La Guerra de las Galaxias destila una entrañable sencillez, y ello a pesar de sus brillantes momentos de oscuridad, debidos sobre todo a "El Imperio Contraataca" y "El Retorno del Jedi". Hay algunos que tampoco quieren darse cuenta de que Lucas (junto con Gene Roddenberry y Star Trek) es uno de los pocos artistas de cine que han sido capaces de crear todo un universo de cria-turas y mundos, labor en la que otros han fracasado estrepitosamente, cayendo incluso en el más infame de los ridículos.

Ahora, la segunda entrega de la nueva trilogía de La Guerra de las Gala-xias vuelve a demostrarnos el talento de Lucas para hacer grandioso lo que, en realidad, es ingenuidad, algo que muy pocos cineastas han conse-guido (pensemos, por ejemplo, en "Los Siete Samuráis"; ¿puede haber premisa más banal que, sin embargo, devenga en algo tan fabuloso como la obra de Kurosawa?). El director y guionista consigue que nos creamos la evolución de la historia, sigue existiendo un peligro oculto que, sin embargo, esta vez quiere revelarse. El filme se divide nítidamente en dos mitades. La primera de ellas relata el descubrimiento de una oscura trama para liquidar a la senadora Amidala, por lo que uno de nuestros héroes deberá descubrir quién se halla detrás de los numerosos atentados que se están produciendo; de paso, se descubrirá la crea-ción de un ejército de clones que, en principio, va a servir a los intereses de la República. Además, el joven Anakin, a quien se le encarga la misión de proteger a Padmé, se enamorará de la antigua reina de Naboo, provocando con ello una disputa con las leyes de los caballeros Jedi, que impiden cualquier posible ata-dura afectiva con otra persona. La segunda mitad narra el desenlace de lo expuesto anteriormente, cómo ello va a afectar a los Jedi y a la República, produciéndose el inicio de una colosal batalla que se extenderá por los confines de la galaxia.

Fotograma de "Star Wars. Episodio II. El ataque de los clones" - Copyright © 2002 Lucasfilms, Ltd.

Esta diferenciación que acabo de hacer no sólo es argumental, sino también una tajante separación de intenciones. Me explico: la primera hora de "Star Wars. Episodio II. El Ataque de los Clones" atesora momentos hermosos, brillantes secuencias de acción, inusuales pasajes de investigación y una co-rrecta historia de amor. Todo ello, sin embargo, es insuficiente para decir que nos encontramos ante uno de los grandes entretenimientos del año, ya que ni la acción es sorprendente ni la historia llega a enganchar lo suficiente como para cautivarnos con su sola presencia. La irregularidad perjudica enormemente al filme en estos sesenta minutos iniciales, que, no obstante, incluyen fragmentos que convendría analizar por separado:

Prólogo en Coruscant: la película arranca con fuerza, no ya por los atentados que se producen contra la senadora Amidala, sino por el acertado reencuentro de personajes. La presencia de Palpatine junto a Yoda es uno de los mejores mo-mentos del filme, pues el Canciller mide con deleite sus pronunciamientos, habiendo en ellos un contenido que sólo el público puede descifrar. Acuden aquí a mi mente las palabras de Lucas en las que se refería a la caída de la República, diciendo que el peligro no venía precisamente del exterior, sino que estaba en la misma República: un enemigo interno. No hay duda de que Palpatine es una de las estrellas de la nueva saga, llenando con su presencia la pantalla y haciendo que prestemos especial atención a sus discursos. Sin embargo, uno aún no se explica la razón por la que Lucas no profundiza en la secta de los Sith, reve-lándonos sus orígenes y descubriéndonos por fin sus intenciones. ¿Cuántos quedan? ¿Cómo se extinguieron? ¿Por qué los Jedi no hablan de ellos?

Persecución en los cielos de Coruscant: aunque es un pasaje vertiginoso y un buen aperitivo de lo que Lucas nos ofrece en la hora final, lo verdaderamente atractivo de este fragmento de acción es la posibilidad de visualizar diversos luga-res del gigantesco planeta-ciudad que en un futuro llegará a ser la capital del Imperio.

Obi-Wan en Kamino: cierto desconcierto produce el contemplar a los habi-tantes de tan peculiar astro, perdiéndose en parte el espíritu de la serie original y acercándose más a cualquier otra aventura galáctica que habite en la tan denos-tada pequeña pantalla. La atmósfera inestable, con lluvias y tormentas intermi-nables, dotan al lugar, sin embargo, de una adecuada personalidad. El encuentro de Obi-Wan con Jango Fett y su hijo es ciertamente memorable, al igual que el descubrimiento del ejército de clones.

Historia de amor en Naboo: Lucas intercala las peripecias de Kenobi con los devaneos amorosos de los padres de Luke y Leia Skywalker. Se trata de frag-mentos correctos pero casi nunca apasionantes; tan sólo se alcanza el drama-tismo necesario cuando aparece la oscuridad en el arrogante Anakin (atención al instante en el que los dos hablan de las dictaduras, habiendo candor e incre-dulidad en ella por las visionarias y naturales palabras de él). En todo caso, la evolución de este romance se ve perjudicado por la forma en la que se nos lo presenta, con intervalos muy breves que no permiten una explicación ordenada y creíble de los sentimientos de los protagonistas.

Persecución de Jango Fett: sin ser especialmente brillantes, las escara-muzas entre Jango y Kenobi se resuelven con corrección, aunque no tienen el hálito que uno busca en este tipo de historias (circunstancia que aún se da más cuando sus respectivas naves se adentran en el campo de asteroides).

Dicho esto, donde verdaderamente vibramos es en la trepidante segunda mitad de la película. Aquí, la estructura de la historia obedece a un obje-tivo fundamental: ir ascendiendo poco a poco, peldaño a peldaño, hasta alcanzar un clímax realmente colosal, apabullante. Todo ello se consigue a través de las siguientes narraciones:

Drama en Tatooine: Anakin aterriza con Padmé en Tatooine, produciéndose aquí la primera aparición del Lado Oscuro de la Fuerza en el muchacho. Los hechos que llevan a esto no se nos revelan de forma directa, algo que en principio pudiera parecer un error; sin embargo, Anakin le explica a Padmé lo que ha hecho, descubriéndosenos una de las escenas más dramáticas del relato. Lucas consigue en ella que percibamos la sensación de congoja que azota al joven Jedi.

LLegada de Obi-wan a Geonosis y aparición del Conde Dooku: la presencia de un verdadero representante del mal ayuda a que el espectador se interese aún más por la trama. Hasta ahora, nos hemos cruzado con cazarre-compensas que, sin embargo, quizás no sepan mucho de los verdaderos ins-tigadores de los atentados y de las revueltas, así que resulta todo un regalo la figura de Dooku. Su conversación con Kenobi es estupenda, ya que pronto nos daremos cuenta de que en realidad lo está sometiendo a una interesada manipulación.

El Canciller consigue mayores poderes: nuevamente, Palpatine usa a los demás para que sirvan a sus intereses. El pobre Jar Jar cae en el engaño del Canciller y propone al Senado que le otorgue plenos poderes para que pueda terminar con los separatistas. El espectador, conocedor de sus maquinaciones, siente ganas de insultarle, de avisar a los Jedi para que detengan los planes de tan pérfido político. Sin duda, a los ojos de una mente inocente todo conduce a la victoria; la respuesta es... ¿de quién?

Los protagonistas son capturados; llegan los clones: desde el momento en el que Anakin y Padmé entran en la fábrica de robots que forman el ejército del Conde Dooku, una sucesión de brillantes secuencias de acción domina por completo la película. Tenía mis dudas acerca de esta parte de la historia, pero Lucas la resuelve con entusiasmo, transformando las aventuras clásicas y actualizándolas con sofisticados efectos especiales. Resulta gratificante, ade-más, que recurra a un gag visual para ofrecernos el mejor chiste de la película (aquél en el que se ve envuelto C-3PO, que, por cierto, dice más tonterías que Jar Jar Binks). La embestida de los monstruos en esa especie de circo romano a la que van a parar todos los protagonistas es realmente admirable, y no digamos la llegada de los clones a bordo de su poderosa maquinaria. Fastuosas y colosales, las escenas bélicas nos deslumbran con su poderío, eclipsando por completo las peripecias que Kenobi ha vivido hasta el momento.

El Conde Dooku lucha con los Jedis: la carismática presencia de Christopher Lee es tal que incluso en sus (supuestamente) cobardes huidas destila compos-tura y nobleza (ver la escena en la que toma un vehículo para escapar de la batalla). Su enfrentamiento con Kenobi y Skywalker es brillante, aunque se nos hace breve. Sólo Yoda puede enfrentarse a él, provocando el delirio en la platea. Aunque parte del público carcajea al comprobar cómo el maestro suelta su bastón y da piruetas con facilidad, no se ha de olvidar que para hacerlo utiliza la Fuerza; ése es el motivo por el que después de este enfrenamiento vuelve a caminar con dificultad.

Secuencias finales: igual de brillantes y fugaces que las vistas en "Star Wars. Episodio I. La Amenaza Fantasma", George Lucas nos muestra la verdad que se oculta tras Dooku, y la inquietud de Yoda por lo que Kenobi califica como una victoria. La visión de Palpatine contemplando su poderoso ejército y la boda de Anakin y Padmé nos conducen a los títulos de crédito finales. Son fragmentos emotivos y, por suerte, provocan en el espectador el deseo de querer ver pronto la conclusión a tan apasionante epílogo, que, aunque no es tan abierto como el de "El Imperio Contraataca", es evidente que el director busca con ello que sus fans no pierdan las ganas de saber cómo terminará la historia. Muy astuto por su parte...

Fotograma de "Star Wars. Episodio II. El ataque de los clones" - Copyright © 2002 Lucasfilms, Ltd.

Se dice que fueron cuatro los candidatos definitivos para dar vida a Anakin Skywalker: Colin Hanks (hijo del protagonista de "Forrest Gump" y, por tanto, un auténtico enchufado), Chris Klein (cuyo rostro es aún más aniñado que el de Jake Lloyd), Ryan Phillipe (muy mal visto por los aficionados a Star Wars) y Hayden Christensen. Fue este último el finalmente elegido, y hay que congratularse por ello. No sólo su fisonomía es la adecuada, sino que consigue que salten chispas cuando se empareja con Natalie Portman. Tiene para sí escenas en las que bien pudiera hacer el ridículo, pero, sin embargo, sale airoso de ellas, manifestando la arrogancia de Anakin, su ímpetu, su dolor y su temprana caída en el Lado Oscuro de la Fuerza. Además, Christensen utiliza sus ojos y su sonrisa para intentar convencernos de que su personaje se está enamorando, y exhibe su furia, con entrega, aportando instantes dramáticos tan logrados como aquél en el que le revela a Amidala lo que en verdad ha sucedido en el desierto de Tatooine. Su presencia en este episodio de La Guerra de las Galaxias es toda una muestra de lo que este prometedor actor nos puede ofrecer. Natalie Portman ya no es la adolescente que vimos en "Star Wars. Episodio I. La Amenaza Fantasma"; se la ve verdaderamente adorable cuando el guión lo requiere, y fuerte y decidida si es cuestión de tomar la iniciativa en las batallas en las que participa. La belleza de Portman resalta como nunca, sobre todo ahora que se ve libre de las ataduras del maquillaje.

Por su parte, Ewan McGregor sabe que su personaje ha madurado. Ya no es un «padawan», sino un maestro, por lo que se le ve calmado, reflexivo, pausado, y sólo utiliza su sable si es necesario. Samuel L. Jackson, que interpreta a Mace Windu, posee aquí un papel mucho más amplio; sereno cuando es preciso, le da a su personaje una atinada elegancia en los momentos de acción. Frank Oz, que en la versión original  pone voz a Yoda, puede estar contento con su relevancia en este episodio, pues se puede decir que el maestro Jedi es una de las estrellas de la función. Lucas guarda para él las mejores frases de la película, algo que sabe el espectador, pues escucha con atención las sabias palabras del futuro habitante de Dagobah.

Christopher Lee logra que por momentos nos olvidemos del fugaz Darth Maul. Su sola presencia basta para que percibamos la maldad que destila su personaje. Majestuoso y carismático, el Conde Dooku se ha ganado nuestro respeto como villano de lujo. No hubiera estado mal que mantuviera una más extensa confrontación dialéctica con Yoda en la batalla final. Ian McDiarmind tiene una mínima presencia en el filme; Lucas debería haber hecho lo mismo que en el Episodio I: dosificar con breves apariciones a lo largo del metraje su participación en la cinta, para que no nos olvidemos de que Darth Sidious sigue siendo una amenaza. Por otra parte, cuando interpreta al Canciller Palpatine utiliza recursos ya conocidos: en sus palabras no hay ambigüedad, pero sí en la forma en la que las pronuncia.

Por último, mencionar que el personaje de Jar Jar, que ahora parece llevar un esparadrapo en su boca, es crucial para el desenlace de la trama. Pueden lapidarme si así lo desean, pero echo de menos su simpática locuacidad, que ahora se ha transmitido tontamente a C-3PO, verdadero personaje cómico de la cinta.

Acostumbrados a escuchar todo tipo de piropos hacia aquellos realizadores que construyen vídeos musicales y se apartan de los recursos más clásicos del cine, me complace comprobar que Lucas sigue fiel a sí mismo, pues erige su película a través de comprensibles escenas de acción. No obstante, su academicismo probablemente sea el responsable de esa sensación de frialdad que asola a muchos de los pasajes intimistas del relato. Tal vez pueda existir cierto atropello de imágenes durante unos breves instantes de la persecución en las calles de Coruscant, pero en general los movimientos de personajes y masas se realizan con una admirable continuidad y sin necesidad de ralentizar imagen alguna.

Respecto a la Industrial, Light & Magic, hay cierta irregularidad en su trabajo. Por una parte, y es algo que uno ya comprobaba estupefacto en los tráilers del Episodio II, la profusión de decorados y paisajes creados por ordenador es abusiva. Así, la llegada de la nave de la reina a Coruscant es espantosa, parece una película de introducción de un normalucho videojuego. Es inconcebible que no se prefiera la mezcla de elementos reales y fantásticos, algo que resulta mucho más efectivo y natural, tal y como se demuestra cuando Anakin y Padmé llegan a Naboo (con la retocada plaza de España en Sevilla) o, mejor aún, cuando conversan en un idílico prado rodeado de cascadas. Sin embargo, lo que sí se percibe es una notoria mejora en la interacción entre humanos y seres creados por ordenador. Hay momentos en los que casi se alcanza la perfección, e incluso no resulta molesta la presencia de un Yoda que ha dejado completamente atrás sus días de marioneta. En todo caso, la saturación es evidente, y Lucas nos apabulla en numerosas ocasiones con tanta información que uno ni sabe hacia dónde mirar.

Relativamente decepcionado me hallo ante la partitura que John Williams ha compuesto para "Star Wars. Episodio II. El Ataque de los Clones". Si bien posee un tema de amor realmente precioso, hay que recordar que esta pieza tenía que haberse utilizado en la primera entrega de la nueva trilogía (en concreto, Williams compuso un tema para Amidala que Lucas prefirió aprovechar para describir la relación entre Anakin y la ahora senadora). Además, las vigorosas fanfarrias de acción no resultan tan pegadizas como en otras ocasiones, y tan sólo la que se escucha durante los acontecimientos que se viven en la arena de Geonosis tiene la fuerza precisa (no obstante, en el filme aparece una versión distinta a la que escuchamos en el compacto, algo que seguramente tenga que ver con los cambios en el montaje que sirvió de base para el trabajo del compositor de Indiana Jones y la Última Cruzada). Se echa en falta, sin embargo, una mayor riqueza temática. ¿Por qué no hay una música que identifique al Conde Dooku o a Jango Fett? Donde se demuestra su verdadera maestría es en los pasajes que se desarrollan en Tatooine, siendo aquí la partitura un elemento más de la historia, describiendo con acierto los primeros pasos de Anakin en el Lado Oscuro de la Fuerza. Se utilizan, además, temas de anteriores y posteriores episodios, resultando gratificante comprobar lo bien que se integran las músicas del Episodio I en el universo Star Wars, pues, por mucho que lo nieguen algunos, forman parte ya de esta mitología.

"Star Wars. Episodio II. El Ataque de los Clones" es una gran diversión para todo tipo de públicos. Encandilará a los fans de la saga, pero también se muestra como un digno espectáculo para todo aquel que no espera nada de la cinta. Eso sí, como ya comenté al principio, posee una primera mitad un tanto irregular, con momentos brillantes pero otros completamente rutinarios e incluso algo aburridos. Por contra, su larga conclusión es una esmerada muestra de talento, una cascada de emociones que nos subyugará de principio a fin. Si tuviera que calificar esta parte del metraje le otorgaría un sobresaliente, algo que contrasta con el aprobado alto que se llevaría todo el minutaje que lo antecede. Eso sí, por mucho que algunos les asombre, considero que "Star Wars. Episodio I. La Amenaza Fantasma" está a la altura de esta secuela; cierto que es un producto infantil, pero, que yo sepa, eso no es un defecto del filme, sino de aquéllos que ya han perdido la mirada inocente y entusiasta de cualquier crío. Ah, y echo de menos las verborreas del bueno de Jar Jar Binks, personaje fundamental en la saga a tenor de su participación en el Episodio II. Si bien es cierto que puede ser incluso lógica su contención y no tratarse de una repentina supeditación de Lucas a los gustos de sus fans (ahora, Binks ostenta un cargo importante en Naboo y, por tanto, ha tenido tiempo para aprender a comportarse como es debido), bien es cierto que, al menos para mi gusto, las críticas sobre su excesiva importancia en la anterior aventura fueron desmedidas. Miren, "Gosford Park" tiene su Jar Jar particular, pero, cosas de la vida, todo son alabanzas hacia la cinta de Robert Altman y nadie se ha atrevido siquiera a despotricar un poco contra el inspector Thompson. ¿Alguien me lo puede explicar? Ah, ya entiendo, no anda Lucas de por medio...


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