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El ataque
de los clones

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[Especial
Star Wars] [Episodios I II III IV V VI]
STAR
WARS. EPISODIO II. EL ATAQUE DE LOS CLONES
3.2
- CRÍTICAS
CINEMATOGRÁFICAS
3.2.1.
CRÍTICA por Joaquín R.
Fernández
Puntuación: 7.5
Banda Sonora Original: ****
NOTA:
este artículo contiene «SPOILERS» que quizás no
quieran conocer los lectores que aún no han visto la
película.
Con motivo del estreno de "Star Wars. Episodio
I. La Amenaza Fantasma", George Lucas fue uno de los
directores más vilipendiados por crítica, público y
compañeros de faena. La crítica ya había afilado sus
armas tiempo atrás, deseosa de hundir a uno de los
productores de mayor éxito de todos los tiempos. El
público, mayoritariamente fans que se arrogan la
facultad de decidir por sí solos cuál es el verdadero
espíritu de la saga, incluso olvidándose de que su
creador puede hacer con ella lo que le venga en gana,
acusó de infantilismo a un filme que tan sólo buscaba
presentar personajes y urdir una oculta trama política
que serviría de base al despertar de conspiraciones
posteriores. Finalmente, Hollywood dio la espalda al
artífice de Indiana Jones, ninguneándole en la gala de
los Oscars© en favor de "Matrix" (cuyos
efectos especiales, por cierto, no tenían nada de
innovadores). La envidia, pues, y el hecho de que quizás
todo el mundo esperaba demasiado del regreso de la fauna
espacial más conocida de todos los tiempos, han hecho
mella en el respetable, que quizás se enfrenta al
visionado de "Star Wars. Episodio II. El Ataque de
los Clones" con una (relativa) indiferencia que no
encontrábamos en 1999.
Es curioso, "Star Wars.
Episodio I. La Amenaza Fantasma" le da mil vueltas a
cualquiera de los productos veraniegos que nos han
torturado en las últimas fechas. Pero, claro, lleva el
logotipo de la franquicia más importante de la Historia
del Cine y queremos que sea perfecta. Los que antaño
éramos niños pretende-mos encontrar un producto adulto,
sin darnos cuenta, por cierto, de que toda la saga de La
Guerra de las Galaxias destila una entrañable sencillez,
y ello a pesar de sus brillantes momentos de oscuridad,
debidos sobre todo a "El Imperio
Contraataca" y "El Retorno del Jedi". Hay algunos que
tampoco quieren darse cuenta de que Lucas (junto con Gene
Roddenberry y Star Trek) es uno de los pocos artistas de
cine que han sido capaces de crear todo un universo de
cria-turas y mundos, labor en la que otros han fracasado
estrepitosamente, cayendo incluso en el más infame de
los ridículos.
Ahora, la segunda entrega
de la nueva trilogía de La Guerra de las Gala-xias
vuelve a demostrarnos el talento de Lucas para hacer
grandioso lo que, en realidad, es ingenuidad, algo que
muy pocos cineastas han conse-guido (pensemos,
por ejemplo, en "Los Siete Samuráis"; ¿puede
haber premisa más banal que, sin embargo, devenga en
algo tan fabuloso como la obra de Kurosawa?). El director
y guionista consigue que nos creamos la evolución de la
historia, sigue existiendo un peligro oculto que, sin
embargo, esta vez quiere revelarse. El filme se divide
nítidamente en dos mitades. La primera de ellas relata
el descubrimiento de una oscura trama para liquidar a la
senadora Amidala, por lo que uno de nuestros héroes
deberá descubrir quién se halla detrás de los
numerosos atentados que se están produciendo; de paso,
se descubrirá la crea-ción de un ejército de clones
que, en principio, va a servir a los intereses de la
República. Además, el joven Anakin, a quien se le
encarga la misión de proteger a Padmé, se enamorará de
la antigua reina de Naboo, provocando con ello una
disputa con las leyes de los caballeros Jedi, que impiden
cualquier posible ata-dura afectiva con otra persona. La
segunda mitad narra el desenlace de lo expuesto
anteriormente, cómo ello va a afectar a los Jedi y a la
República, produciéndose el inicio de una colosal
batalla que se extenderá por los confines de la galaxia.
Esta diferenciación que acabo de
hacer no sólo es argumental, sino también una tajante
separación de intenciones. Me explico: la primera hora
de "Star Wars. Episodio II. El Ataque de los
Clones" atesora momentos hermosos, brillantes
secuencias de acción, inusuales pasajes de
investigación y una co-rrecta historia de amor. Todo
ello, sin embargo, es insuficiente para decir que nos
encontramos ante uno de los grandes entretenimientos del
año, ya que ni la acción es sorprendente ni la historia
llega a enganchar lo suficiente como para cautivarnos con
su sola presencia. La irregularidad perjudica enormemente
al filme en estos sesenta minutos iniciales, que, no
obstante, incluyen fragmentos que convendría analizar
por separado:
Prólogo en
Coruscant: la película arranca con fuerza, no
ya por los atentados que se producen contra la senadora
Amidala, sino por el acertado reencuentro de personajes.
La presencia de Palpatine junto a Yoda es uno de los
mejores mo-mentos del filme, pues el Canciller mide con
deleite sus pronunciamientos, habiendo en ellos un
contenido que sólo el público puede descifrar. Acuden
aquí a mi mente las palabras de Lucas en las que se
refería a la caída de la República, diciendo que el
peligro no venía precisamente del exterior, sino que
estaba en la misma República: un enemigo interno. No hay
duda de que Palpatine es una de las estrellas de la nueva
saga, llenando con su presencia la pantalla y haciendo
que prestemos especial atención a sus discursos. Sin
embargo, uno aún no se explica la razón por la que
Lucas no profundiza en la secta de los Sith,
reve-lándonos sus orígenes y descubriéndonos por fin
sus intenciones. ¿Cuántos quedan? ¿Cómo se
extinguieron? ¿Por qué los Jedi no hablan de ellos?
Persecución en
los cielos de Coruscant: aunque es un pasaje
vertiginoso y un buen aperitivo de lo que Lucas nos
ofrece en la hora final, lo verdaderamente atractivo de
este fragmento de acción es la posibilidad de visualizar
diversos luga-res del gigantesco planeta-ciudad que en un
futuro llegará a ser la capital del Imperio.
Obi-Wan en
Kamino: cierto desconcierto produce el
contemplar a los habi-tantes de tan peculiar astro,
perdiéndose en parte el espíritu de la serie original y
acercándose más a cualquier otra aventura galáctica
que habite en la tan denos-tada pequeña pantalla. La
atmósfera inestable, con lluvias y tormentas
intermi-nables, dotan al lugar, sin embargo, de una
adecuada personalidad. El encuentro de Obi-Wan con Jango
Fett y su hijo es ciertamente memorable, al igual que el
descubrimiento del ejército de clones.
Historia de amor
en Naboo: Lucas intercala las peripecias de
Kenobi con los devaneos amorosos de los padres de Luke y
Leia Skywalker. Se trata de frag-mentos correctos pero
casi nunca apasionantes; tan sólo se alcanza el
drama-tismo necesario cuando aparece la oscuridad en el
arrogante Anakin (atención al instante en el que los dos
hablan de las dictaduras, habiendo candor e incre-dulidad
en ella por las visionarias y naturales palabras de él).
En todo caso, la evolución de este romance se ve
perjudicado por la forma en la que se nos lo presenta,
con intervalos muy breves que no permiten una
explicación ordenada y creíble de los sentimientos de
los protagonistas.
Persecución de
Jango Fett: sin ser especialmente brillantes,
las escara-muzas entre Jango y Kenobi se resuelven con
corrección, aunque no tienen el hálito que uno busca en
este tipo de historias (circunstancia que aún se da más
cuando sus respectivas naves se adentran en el campo de
asteroides).
Dicho esto, donde
verdaderamente vibramos es en la trepidante segunda mitad
de la película. Aquí, la estructura de la historia
obedece a un obje-tivo fundamental: ir ascendiendo poco a
poco, peldaño a peldaño, hasta alcanzar un clímax
realmente colosal, apabullante. Todo ello se
consigue a través de las siguientes narraciones:
Drama en
Tatooine: Anakin aterriza con Padmé en
Tatooine, produciéndose aquí la primera aparición del
Lado Oscuro de la Fuerza en el muchacho. Los hechos que
llevan a esto no se nos revelan de forma directa, algo
que en principio pudiera parecer un error; sin embargo,
Anakin le explica a Padmé lo que ha hecho,
descubriéndosenos una de las escenas más dramáticas
del relato. Lucas consigue en ella que percibamos la
sensación de congoja que azota al joven Jedi.
LLegada de
Obi-wan a Geonosis y aparición del Conde Dooku:
la presencia de un verdadero representante del mal ayuda
a que el espectador se interese aún más por la trama.
Hasta ahora, nos hemos cruzado con cazarre-compensas que,
sin embargo, quizás no sepan mucho de los verdaderos
ins-tigadores de los atentados y de las revueltas, así
que resulta todo un regalo la figura de Dooku. Su
conversación con Kenobi es estupenda, ya que pronto nos
daremos cuenta de que en realidad lo está sometiendo a
una interesada manipulación.
El Canciller
consigue mayores poderes: nuevamente, Palpatine
usa a los demás para que sirvan a sus intereses. El
pobre Jar Jar cae en el engaño del Canciller y propone
al Senado que le otorgue plenos poderes para que pueda
terminar con los separatistas. El espectador, conocedor
de sus maquinaciones, siente ganas de insultarle, de
avisar a los Jedi para que detengan los planes de tan
pérfido político. Sin duda, a los ojos de una mente
inocente todo conduce a la victoria; la respuesta es...
¿de quién?
Los
protagonistas son capturados; llegan los clones:
desde el momento en el que Anakin y Padmé entran en la
fábrica de robots que forman el ejército del Conde
Dooku, una sucesión de brillantes secuencias de acción
domina por completo la película. Tenía mis dudas acerca
de esta parte de la historia, pero Lucas la resuelve con
entusiasmo, transformando las aventuras clásicas y
actualizándolas con sofisticados efectos especiales.
Resulta gratificante, ade-más, que recurra a un gag
visual para ofrecernos el mejor chiste de la película
(aquél en el que se ve envuelto C-3PO, que, por cierto,
dice más tonterías que Jar Jar Binks). La embestida de
los monstruos en esa especie de circo romano a la que van
a parar todos los protagonistas es realmente admirable, y
no digamos la llegada de los clones a bordo de su
poderosa maquinaria. Fastuosas y colosales, las escenas
bélicas nos deslumbran con su poderío, eclipsando por
completo las peripecias que Kenobi ha vivido hasta el
momento.
El Conde Dooku
lucha con los Jedis: la carismática presencia
de Christopher
Lee es
tal que incluso en sus (supuestamente) cobardes huidas
destila compos-tura y nobleza (ver la escena en la que
toma un vehículo para escapar de la batalla). Su
enfrentamiento con Kenobi y Skywalker es brillante,
aunque se nos hace breve. Sólo Yoda puede enfrentarse a
él, provocando el delirio en la platea. Aunque parte del
público carcajea al comprobar cómo el maestro suelta su
bastón y da piruetas con facilidad, no se ha de olvidar
que para hacerlo utiliza la Fuerza; ése es el motivo por
el que después de este enfrenamiento vuelve a caminar
con dificultad.
Secuencias
finales: igual de brillantes y fugaces que las
vistas en "Star Wars. Episodio I. La Amenaza
Fantasma", George Lucas nos muestra la verdad que se
oculta tras Dooku, y la inquietud de Yoda por lo que
Kenobi califica como una victoria. La visión de
Palpatine contemplando su poderoso ejército y la boda de
Anakin y Padmé nos conducen a los títulos de crédito
finales. Son fragmentos emotivos y, por suerte, provocan
en el espectador el deseo de querer ver pronto la
conclusión a tan apasionante epílogo, que, aunque no es
tan abierto como el de "El Imperio
Contraataca", es evidente que el director busca con
ello que sus fans no pierdan las ganas de saber cómo
terminará la historia. Muy astuto por su parte...
Se dice que fueron cuatro los
candidatos definitivos para dar vida a Anakin Skywalker:
Colin Hanks (hijo del protagonista de "Forrest
Gump" y, por tanto, un auténtico enchufado), Chris
Klein (cuyo rostro es aún más aniñado que el de Jake
Lloyd), Ryan Phillipe (muy mal visto por los aficionados
a Star Wars) y Hayden Christensen. Fue este último
el finalmente elegido, y hay que congratularse por ello.
No sólo su fisonomía es la adecuada, sino que consigue
que salten chispas cuando se empareja con Natalie Portman. Tiene para sí
escenas en las que bien pudiera hacer el ridículo, pero,
sin embargo, sale airoso de ellas, manifestando la
arrogancia de Anakin, su ímpetu, su dolor y su temprana
caída en el Lado Oscuro de la Fuerza. Además,
Christensen utiliza sus ojos y su sonrisa para intentar
convencernos de que su personaje se está enamorando, y
exhibe su furia, con entrega, aportando instantes
dramáticos tan logrados como aquél en el que le revela
a Amidala lo que en verdad ha sucedido en el desierto de
Tatooine. Su presencia en este episodio de La Guerra de
las Galaxias es toda una muestra de lo que este
prometedor actor nos puede ofrecer. Natalie Portman ya no
es la adolescente que vimos en "Star Wars. Episodio
I. La Amenaza Fantasma"; se la ve verdaderamente
adorable cuando el guión lo requiere, y fuerte y
decidida si es cuestión de tomar la iniciativa en las
batallas en las que participa. La belleza de Portman
resalta como nunca, sobre todo ahora que se ve libre de
las ataduras del maquillaje.
Por su parte, Ewan McGregor sabe que su
personaje ha madurado. Ya no es un «padawan», sino un
maestro, por lo que se le ve calmado, reflexivo, pausado,
y sólo utiliza su sable si es necesario. Samuel L. Jackson, que interpreta a
Mace Windu, posee aquí un papel mucho más amplio;
sereno cuando es preciso, le da a su personaje una
atinada elegancia en los momentos de acción. Frank Oz, que en la
versión original pone voz a Yoda, puede estar
contento con su relevancia en este episodio, pues se
puede decir que el maestro Jedi es una de las estrellas
de la función. Lucas guarda para él las mejores frases
de la película, algo que sabe el espectador, pues
escucha con atención las sabias palabras del futuro
habitante de Dagobah.
Christopher Lee logra que por
momentos nos olvidemos del fugaz Darth Maul. Su sola
presencia basta para que percibamos la maldad que destila
su personaje. Majestuoso y carismático, el Conde
Dooku se ha ganado nuestro respeto como villano de lujo. No
hubiera estado mal que mantuviera una más extensa
confrontación dialéctica con Yoda en la batalla final. Ian McDiarmind tiene una mínima
presencia en el filme; Lucas debería haber hecho lo
mismo que en el Episodio I: dosificar con breves
apariciones a lo largo del metraje su participación en
la cinta, para que no nos olvidemos de que Darth Sidious
sigue siendo una amenaza. Por otra parte, cuando
interpreta al Canciller Palpatine utiliza recursos ya
conocidos: en sus palabras no hay ambigüedad, pero sí
en la forma en la que las pronuncia.
Por último, mencionar que el
personaje de Jar Jar, que ahora parece llevar un
esparadrapo en su boca, es crucial para el desenlace de
la trama. Pueden lapidarme si así lo desean, pero echo
de menos su simpática locuacidad, que ahora se ha
transmitido tontamente a C-3PO, verdadero personaje
cómico de la cinta.
Acostumbrados a escuchar todo tipo
de piropos hacia aquellos realizadores que construyen
vídeos musicales y se apartan de los recursos más
clásicos del cine, me complace comprobar que Lucas
sigue fiel a sí mismo, pues erige su película a través
de comprensibles escenas de acción. No obstante, su
academicismo probablemente sea el responsable de esa
sensación de frialdad que asola a muchos de los pasajes
intimistas del relato. Tal vez pueda existir
cierto atropello de imágenes durante unos breves
instantes de la persecución en las calles de Coruscant,
pero en general los movimientos de personajes y masas se
realizan con una admirable continuidad y sin necesidad de
ralentizar imagen alguna.
Respecto a la Industrial, Light
& Magic, hay cierta irregularidad en su trabajo. Por
una parte, y es algo que uno ya comprobaba estupefacto en
los tráilers del Episodio II, la profusión de
decorados y paisajes creados por ordenador es abusiva.
Así, la llegada de la nave de la reina a Coruscant es
espantosa, parece una película de introducción de un
normalucho videojuego. Es inconcebible que no se prefiera
la mezcla de elementos reales y fantásticos, algo que
resulta mucho más efectivo y natural, tal y como se
demuestra cuando Anakin y Padmé llegan a Naboo (con la
retocada plaza de España en Sevilla) o, mejor aún,
cuando conversan en un idílico prado rodeado de
cascadas. Sin embargo, lo que sí se percibe es una
notoria mejora en la interacción entre humanos y seres
creados por ordenador. Hay momentos en los que casi se
alcanza la perfección, e incluso no resulta molesta la
presencia de un Yoda que ha dejado completamente atrás
sus días de marioneta. En todo caso, la saturación es
evidente, y Lucas nos apabulla en numerosas ocasiones con
tanta información que uno ni sabe hacia dónde mirar.
Relativamente decepcionado me hallo
ante la partitura que John Williams ha compuesto para
"Star Wars. Episodio II. El Ataque de los
Clones". Si bien posee un tema de amor realmente
precioso, hay que recordar que esta pieza tenía que
haberse utilizado en la primera entrega de la nueva
trilogía (en concreto, Williams compuso un tema para
Amidala que Lucas prefirió aprovechar para describir la
relación entre Anakin y la ahora senadora). Además, las
vigorosas fanfarrias de acción no resultan tan pegadizas
como en otras ocasiones, y tan sólo la que se escucha
durante los acontecimientos que se viven en la arena de
Geonosis tiene la fuerza precisa (no obstante, en el
filme aparece una versión distinta a la que escuchamos
en el compacto, algo que seguramente tenga que ver con
los cambios en el montaje que sirvió de base para el
trabajo del compositor de Indiana Jones y la Última
Cruzada). Se echa en falta, sin embargo, una mayor
riqueza temática. ¿Por qué no hay una música que
identifique al Conde Dooku o a Jango Fett? Donde se
demuestra su verdadera maestría es en los pasajes que se
desarrollan en Tatooine, siendo aquí la partitura un
elemento más de la historia, describiendo con acierto
los primeros pasos de Anakin en el Lado Oscuro de la
Fuerza. Se utilizan, además, temas de anteriores y
posteriores episodios, resultando gratificante comprobar
lo bien que se integran las músicas del Episodio I en el
universo Star Wars, pues, por mucho que lo nieguen
algunos, forman parte ya de esta mitología.
"Star Wars.
Episodio II. El Ataque de los Clones" es una
gran diversión para todo tipo de públicos. Encandilará
a los fans de la saga, pero también se muestra como un
digno espectáculo para todo aquel que no espera nada de
la cinta. Eso sí, como ya comenté al
principio, posee una primera mitad un tanto irregular,
con momentos brillantes pero otros completamente
rutinarios e incluso algo aburridos. Por contra, su larga
conclusión es una esmerada muestra de talento, una
cascada de emociones que nos subyugará de principio a
fin. Si tuviera que calificar esta parte del metraje le
otorgaría un sobresaliente, algo que contrasta con el
aprobado alto que se llevaría todo el minutaje que lo
antecede. Eso sí, por mucho que algunos les asombre,
considero que "Star Wars. Episodio I. La Amenaza
Fantasma" está a la altura de esta secuela; cierto
que es un producto infantil, pero, que yo sepa, eso no es
un defecto del filme, sino de aquéllos que ya han
perdido la mirada inocente y entusiasta de cualquier
crío. Ah, y echo de menos las verborreas del bueno de
Jar Jar Binks, personaje fundamental en la saga a tenor
de su participación en el Episodio II. Si bien es cierto
que puede ser incluso lógica su contención y no
tratarse de una repentina supeditación de Lucas a los
gustos de sus fans (ahora, Binks ostenta un cargo
importante en Naboo y, por tanto, ha tenido tiempo para
aprender a comportarse como es debido), bien es cierto
que, al menos para mi gusto, las críticas sobre su
excesiva importancia en la anterior aventura fueron
desmedidas. Miren, "Gosford Park" tiene su Jar
Jar particular, pero, cosas de la vida, todo son
alabanzas hacia la cinta de Robert Altman y nadie se ha
atrevido siquiera a despotricar un poco contra el
inspector Thompson. ¿Alguien me lo puede explicar? Ah,
ya entiendo, no anda Lucas de por medio...
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