CRÍTICA
por
Joaquín R. Fernández
¿Qué tenían en mente todos
los aficionados de "La guerra de las galaxias" cuando
George
Lucas anunció que por fin iba a rodar sus esperadas
precuelas
de esta ilustre saga espacial? No hay du-da de que no eran pocos
los que esperaban contemplar las Gue-rras Clon en todo su
esplendor, observando de este modo a los Je-di en acción y, sobre
todo, presenciando la llegada al poder de Pal-patine y la
transformación de Anakin Skywalker en Darth Vader. Lo más fácil
para Lucas, al menos desde un punto de vista comercial, hubiera
sido que este personaje, junto al Emperador, ocuparan bue-na
parte del metraje de esta nueva trilogía, dándonos a conocer los
orígenes del Imperio Galáctico y su expansión por todos los
rinco-nes del Universo conocido.
Sin embargo, el creador de
Indiana Jones ha preferido contarnos una historia que va
tornándose más oscura según crece su prota-gonista, introduciendo
además un espeluznante argumento en el que un siniestro
personaje conspira contra toda una crédula Repú-blica y se
aprovecha de sus resortes democráticos para socavarla desde su
interior. Por supuesto, este trasfondo político, acompaña-do por
ciertos contenidos intelectuales y filosóficos, especialmente
representados en la figura de Yoda, quedan ocultos ante la
espec-tacularidad de unos grandiosos efectos especiales y un
evidente deseo de entretener a todo tipo de espectadores,
primero al infantil, luego al adolescente y ahora, sobre todo,
al adulto.
"Star Wars. Episodio III: La
venganza de los Sith" no es, desde luego, la segunda mejor
película de la saga galáctica de George Lucas. Podría competir
por este puesto con "Star
wars. Episodio VI: El retorno del
Jedi", mas ambas comparten la dicha de que sus fragmentos menos
sólidos pronto se olvidan si tenemos en cuenta que lo que en
verdad permanece en la mente del espectador son sus escenas más
brillantes, tanto las de acción como aquellas otras que se
centran en los comportamientos y en la personalidad de sus
caracteres. Poseedora de una vibrante introducción, ésta ligera
en cuanto a su contenido pero no exenta de cier-ta profundidad en
determinadas partes de su minutaje, el rit-mo de la cinta se
relaja durante alrededor de tres cuartos de hora, resurgiendo
después en un entretenidísimo espectácu-lo en el que, no
obstante, también se respira drama, pertur-bación y amargura.
Permítanme adentrarme en los
entresijos de la película y anali-zarla paso a paso, aun a
sabiendas de que para ello tendré que revelar su línea
argumental, de ahí que haga este aviso a todos los lectores que
aún no la hayan visto y prefieran dejarse sorprender por un
relato cuya conclusión, no obstante, todos conocemos. En un
sorprendente prólogo, Lucas nos introduce de lleno en una
colo-sal batalla espacial en la que los separatistas liderados
por el Con-de Dooku se limitan a cumplir un plan magníficamente
trazado por el pérfido Darth Sidious. Las naves de Anakin y
Obi-Wan Kenobi surcan los cielos de Coruscant para rescatar a un
Canciller que ha iniciado una guerra para aumentar su poder en
el Senado y así combatir a los Jedi desde una posición de
superioridad. Es en este preámbulo del largometraje cuando
escucharemos los diálogos más simplones del libreto, esas
típicas palabrejas que han sacado de quicio a más de uno en las
anteriores entregas de la saga; de hecho, insisto, nos hallamos
ante el acto más ligero de la narra-ción, salvo por un hecho que
marcará aún más el destino de la fa-milia Skywalker.
El padre de Luke y Leia
consigue derrotar al Conde Dooku y lo tiene sometido a sus
designios, instante en el cual Palpatine, apa-rentemente
prisionero en un sillón de un gran navío perteneciene a aquellos
que se han levantado contra la República, le exhorta a que acabe
con la vida de un hombre que en su día fue considerado un gran
Jedi. Se produce entonces una interesante confidencia al
es-pectador: Palpatine ha mantenido no pocas conversaciones con
Anakin, se ha acercado a él y lo ha atrapado entre sus redes de
tal forma que incluso sabe lo que le sucedió al muchacho en
Tatooine cuando liberó a su madre de los moradores de las
arenas. Por otra parte, también se nos presenta un nuevo
personaje, el General Grievous, otra marioneta más que, al igual
que acontece con los miembros de la Federación de Comercio, es
utilizado por Sidious para desviar la atención de los Jedi.
En un esquema parecido al
empleado en "Star
wars. Episodio I: La amenaza fantasma" y "Star
wars. Episodio II: El ataque de los clones", Lucas nos ofrece
luego un largo descanso tras los palpi-tantes minutos de acción
que hemos presenciado. Puede que a buena parte del público le
disgusten estas escenas, pero son nece-sarias para que sepamos lo
mucho que depende Anakin de Pad-mé, siendo sus miedos una
debilidad que le acercan al Lado Oscu-ro de la Fuerza, ya que sus
emociones le llevarán a hacer cualquie-ra cosa con tal de
proteger a la senadora de Naboo, a quien obser-va fenecer en sus
aciagas pesadillas. Pero hay otro asunto; sus compañeros en el
Consejo no confían en él. La ambición de Anakin era convertirse
en Maestro Jedi, rango que no se le ha concedido, si bien sí se
sentará en los sitiales que ocupan los miembros de di-cha
institución. Otra frustración se ha añadido en el corazón del
hi-jo de Shmi, quien, por otra parte, se siente presionado por
los Jedi y por Palpatine.
Efectivamente, los guardianes
de la paz en el Universo le piden que vigile al Canciller,
mientras que éste da rienda suelta a sus ma-nipulaciones y le
habla acerca de un poder que jamás poseerán los Jedi, un poder
que incluso le permitiría salvar a su amada Padmé. Si durante el
prólogo el espectador puede quejarse por algu-nas de las manidas
frasecillas que exteriorizan los protago-nistas, no deberían
hacer lo mismo con los espléndidos par-lamentos de Yoda y, sobre
todo, con la conversación que mantiene Palpatine con Anakin en
la ópera. Es uno de los muchos instantes memorables que nos
toparemos a lo largo de "Star wars. Episodio III: La venganza de
los Sith". La reve-lación está a punto de consumarse. Al tiempo
que Yoda viaja a Kashyyyk y Kenobi a Utapau, el Canciller
continúa atormentando aún más la ya de por sí angustiada mente
de Anakin; la técnica cinematográfica que emplea Lucas a la hora
de plasmar en imáge-nes esta escena es verdaderamente
inteligente, deslizando la cá-mara de tal modo que casi sentimos
la turbación del Jedi y la aco-metida dialéctica de Palpatine,
dispuesto a mover las últimas fi-chas de un peligroso juego que
sabe que va a ganar.
Mace Windu es el primero en
caer en una sobrecogedora secuen-cia en la que el Sith, una vez
es delatado por Anakin, nos muestra su verdadero rostro. Todos
aquellos que desprecian a George Lu-cas como director deberían
fijarse en lo bien que refleja las inquie-tudes del futuro Darth
Vader tras denunciar a su mentor político. Cae la tarde en
Coruscant y Anakin espera impaciente a que Win-du arreste al
Canciller, pero al mismo tiempo se nos muestra a Padmé, la
verdadera preocupación de Anakin. No hay palabras du-rante este
intervalo de tiempo, tan sólo imágenes de ellos y de la ciudad,
aparte de escucharse una evocadora pieza musical de
John
Williams, ciertamente inusual en la saga. El joven Skywal-ker ha
tomado una decisión y no está dispuesto a que la caída de
Palpatine pueda poner en peligro la vida de Padmé. Una vez la
os-curidad lo ha consumido, llega el momento del dolor. Sidious
se pone en comunicación con los clones y activa la Orden 66, un
mandato mediante el cual el ejército de la República se vuelve
con-tra los Jedi.
Terrorífico es el momento en
el que un convertido Anakin se dirige al Templo Jedi, dispuesto
incluso a matar a los niños que se entre-nan en la Academia. La
pesadumbre de Bail Organa, que contem-pla cómo unos clones se
deshacen de uno de estos muchachos, también es la nuestra. A
partir de aquí se encadenan una serie de acontecimientos que
vienen a convertirse en los remates de una tragedia anunciada:
Vader elimina a los títeres de la Federación de Comercio y a sus
aliados; mientras, el Canciller se transforma en Emperador ante
un corrupto Senado que, casi en su totalidad, se rinde a sus
pies. El rostro de Padmé y sus palabras lo dicen todo... Ha
muerto la democracia en la República Galáctica y George Lu-cas ha
resuelto de forma habilidosa el complejo entramado político que
ya inició, y muchos obviaron, en "Star wars. Episodio I: La
amenaza fantasma".
Yoda y Obi-Wan Kenobi
intentan un acto desesperado: eliminar a los Sith. El pequeño
amigo verde se presenta ante Sidious en una magistral escena
que, sin duda, formará parte de esas imágenes especiales que
todo buen aficionado a "La guerra de las galaxias" retiene en su
memoria. Obi-Wan no desea combatir con Anakin, al que considera
su hermano. Los prolegómenos y las conclusiones de ambos duelos
puede que hasta sean más sustanciales que és-tos en sí,
especialmente si nos referimos a aquellos que una vez lucharon
juntos contra el Conde Dooku en Geonosis. La expresión de Vader
y sus palabras de odio nos duelen tanto como si nos las dijeran
a nosotros y no al Maestro Kenobi. Ha comenzado una nue-va era
que, sin embargo, en "Star wars. Episodio III: La venganza de
los Sith" se refleja de una forma un tanto abrupta.
Me explico; George Lucas,
quizás temeroso de recibir las mismas críticas negativas que
Peter Jackson obtuvo en su día a causa del prolongado epílogo de
"El señor de los ani-llos: El retorno del rey", es demasiado
conciso a la hora de descubrirnos aspectos tan importantes como
el nacimiento de Luke y Leia, la reconstrucción de Vader, la
adopción de los bebés o el nacimiento del Imperio. De hecho, ha
eliminado secuencias tan significativas como el contacto de
Qui-Gon Jinn con Yoda o el exilio de éste en Dagobah. La
conexión entre este capí-tulo y el siguiente, "Star
wars.
Episodio IV: Una nueva esperanza", es perfecta, pero creo que a
muchos nos hubiera gustado contem-plar una despedida más larga.
En el adiós, ya durante los títulos de crédito finales, uno
siente cierta desazón debido a los emotivos pa-sajes que ha
presenciado, pero ello es debido también a la tristeza de saber
que concluye una épica historia de bondad, maldad, acción,
intriga, romance y humor, una serie de películas que, para
muchos, ha marcado una manera de ver el cine. Sabedor de
seme-jante circunstancia, Lucas introduce alentadores fragmentos
musi-cales de la trilogía original mientras aparecen los nombres
de los hacedores del largometraje en la pantalla, siendo este
consuelo in-suficiente para todos aquellos que siempre tendremos
una sincera empatía hacia esta amalgama de cuentos y personajes
(inclu-yendo, al menos un servidor, al injustamente vilipendiado
Jar Jar Binks).
Desde un punto de vista
técnico, Lucas y su equipo vuelven a deslumbrarnos con unos
efectos especiales que sobre todo convencen a la hora de recrear
ciertos personajes no huma-nos, caso de Yoda, o determinados
ambientes (la ciudad de Coruscant vista a través de los
ventanales de algunos edifi-cios). La interacción entre realidad
y ficción está muy conse-guida, aunque sigo echando de menos que
no se utilicen escena-rios naturales, si bien en esta ocasión es
comprensible teniendo en cuenta la magnitud de algunas batallas,
tal y como sucedía en "Star wars. Episodio II: El ataque de los
clones". El maquillaje y el vestuario son espléndidos, tal y
como se puede comprobar cuando observamos a Palpatine y a Tion
Medon. Y en cuanto a la realiza-ción, ¿qué quieren que les diga?
Cuando veo un largometraje de George Lucas, y hablando
únicamente desde el punto de vista de la acción, sé exactamente
dónde están situados cada uno de los contendientes, no como en
el caso de, por ejemplo, Ridley Scott y "El reino de los cielos"
u Oliver Stone y "Alejandro Magno".
Dicen que el director de
"American graffiti" no es bueno a la hora de trabajar con los
actores. Es curioso, y perdonen que vuelva a compararlo con
Scott, pero es que este último no suele dar dema-siadas
indicaciones a sus intérpretes y nadie le ha colgado seme-jante
sambenito. En "Star wars. Episodio III: La venganza de los Sith"
me encuentro con un Ewan McGregor
que me comunica la contenida
aflicción que anida en su interior al conocer la traición de
Skywalker, y también descubro a una Natalie Portman que,
cier-tamente, tiene un papel mucho menos significativo que en las
ante-riores entregas de esta trilogía, mas se percibe en su
rostro cómo la felicidad de los minutos iniciales, justo cuando
se reencuentra con Anakin, se torna en desdicha al comprobar
cuánto ha cambia-do aquel niño que conoció en Tatooine y en el
que, empero, sigue viendo algo de humanidad en él, tal y como
luego hará su hijo Lu-ke. Hayden Christensen exhibe con acierto
su lado más inquie-tante al transformarse en Darth Vader, aunque
no hay duda de que la verdadera estrella del filme es Ian
McDiarmid, que se muestra sublime a la hora de representar un
rol tan difícil. Un correcto Sa-muel L. Jackson y un, por
desgracia, poco aprovechado Christo-pher Lee, completan un
plantel que se ve muy, muy perjudicado en su versión doblada,
principalmente cuando oímos hablar a un iracundo Anakin o
escuchamos los gritos y los gemidos del Empe-rador.
Finalmente, la banda sonora
de John Williams utiliza unos exquisitos arreglos del tema de la
Fuerza, aparte de presen-tarnos una nueva pieza que se percibe en
todo su esplendor durante el duelo entre Anakin y Obi-Wan
Kenobi. Curiosamen-te, la música de Vader no se escucha mucho, y
cuando hace acto de presencia no es por medio de una contundente
fanfarria, refle-jando de este modo que nos hallamos ante la
descripción de un personaje y no del Imperio en el que
posteriormente se va a inte-grar. Por supuesto, no faltan las
notas que se identifican con el Emperador o con Yoda, aparte de
usarse temas de anteriores pelí-culas (quizás de una forma un
tanto desafortunada con respecto al corte que ya se oía en el
funeral de Qui-Gon Jinn en "Star wars. Episodio I: La amenaza
fantasma"). Lo mejor, sin duda, las piezas que acompañan a las
imágenes que observamos cuando Anakin espera en el Consejo, la
activación de la Orden 66 o incluso la lle-gada del General
Grievous en su nave.
Calificación
película:
    
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banda sonora original:
    
Imágenes de "Star wars. Episodio III: La venganza de los Sith" - Copyright ©
2005 Lucasfilm. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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