CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Sobre la vanidad y la nostalgia
Resulta una tarea francamente
inútil afrontar un comentario de "Star wars. Episodio III: La
venganza de los Sith" obviando el hecho de que el peso emocional
que soporta la película que cierra el cír-culo abierto por
George Lucas hace ahora casi
tres décadas pro-voca en cualquier cronista que las posiciones
con respecto a ella se extremen mucho más de lo habitual. Más
aún si, como es mi caso, la primera trilogía resultó una pieza
clave en su momento pa-ra desarrollar en gran medida este
profundo amor al cine que no me ha abandonado desde entonces. A
partir de que Lucas pusiera en marcha su segunda trilogía en
1999 con "Star
wars. Episodio I: La amenaza fantasma" confieso que
mantengo una dura lucha interna intentando comprender hasta qué
punto los enormes reparos que pongo a esta segunda saga tienen
más que ver con sus deficien-cias –para mi bastante evidentes– o
con la enorme desilusión de que no haya cubierto en absoluto mis
expectativas ni haya conse-guido despertar, salvo en algún que
otro momento puntual, la emo-ción o la magia con la que
consiguió fascinarme hace ya tantos años. Dicho de otro modo:
¿es posible que la animadversión que uno pueda sentir hacia las
tres nuevas películas tenga que ver fundamentalmente con el
hecho de que resulta im-posible verlas con los mismos ojos
infantiles de entonces?
Siempre me ha parecido un
tanto pedestre el argumento de que Lucas inició la nueva serie
con el único objetivo de ganar más dinero del que ya posee a
base de atraer a nuevas generaciones a los cines, por más que
"Star wars. Episodio I: La amenaza fantas-ma" resultara ser un
film con un planteamiento absurdamente infan-til y que pareciera
estar hecha a la medida para que cualquier cha-val pudiera
identificarse con el precoz Anakin, y así, de paso, ven-der
muchos muñequitos. El Universo creado por dicho cineasta nunca
fue un prodigio de complejidad, y la dualidad entre el Bien y el
Mal expresada en términos absolutos siempre ha estado presen-te
en todas sus películas. "Star
wars. Episodio II: El ataque de los clones" supuso
una decepción muchísimo mayor, en el sentido de que su autor
parecía absolutamente incapaz de conseguir sacar partido del
material que tenía entre las manos: errores flagrantes de
casting, argumentos que conducían a situaciones que uno no
duda-ba en señalar como absurdas, comportamientos impropios de
per-sonajes mal perfilados, diálogos insoportablemente vacuos
cuando no directamente cómicos, falta casi absoluta de
coherencia interna y certeza de que la borrachera de efectos
digitales trataba de paliar por aplastamiento una insoportable
sensación de vacío. Costaba creer que el inexpresivo
Hayden Christensen pudiera
algún día convertirse en Darth Vader por más que Lucas aportara
alguna idea interesante sobre su tránsito al Lado Oscuro, a la
par que la espe-ranza de que la nueva trilogía fuera ganando al
hacerse progresiva-mente más oscura desaparecía bajo una
historia de amor que, si bien resultaba imprescindible para la
coherencia del devenir poste-rior de la saga, a más de uno le
resultó tan inverosímil como indi-gesta. La desilusión resultaba
ya un hecho bastante innegable.
Con estos precedentes, "Star
wars. Episodio III: La venganza de los Sith" se planteaba como
una película en la que se sabían de antemano los hechos que iban
a acontecer, pero no la forma en la que Lucas iba a plasmarlos.
Y eso provocaba a priori una mezcla de sensaciones, pues el buen
aficionado sabía que Lucas contaba a su favor con el hecho de
que este era el momento de atar todos los cabos sueltos entre
las dos trilogías y, de paso, obsequiarnos con los ansiados
elementos dramáticos que la historia requería: la caída
definitiva de Anakin en el Lado Oscuro; la destrucción de los
Jedi; la conversión de la Republica en Imperio con la ascensión
al poder del Emperador Palpatine; el enfrentamiento final entre
Obi-Wan Kenobi y Anakin y su práctica destrucción a manos de
aquél; y, por supuesto, la resurrección de este último como
Darth Vader, esperada conclusión de la saga. Todos estos
elementos tenían tal potencial que hacían de esta película una
propuesta irresistible, por más que los sucesivos desastres que
Lucas había perpetrado en los dos primeros episodios hicieran
desconfiar muy mucho de su capacidad para llevarlos a buen
puerto.
Y la verdad es que, aunque
"Star wars. Episodio III: La ven-ganza de los Sith" posiblemente
sea la mejor película de la nueva trilogía, tal condición le
viene otorgada más en fun-ción de sus componentes centrales y
del bajo listón que en líneas generales tenía que superar
respecto a las dos ante-riores entregas, que por sus propias
bondades como produc-to cinematográfico. Para empezar, Lucas
juega a algo que por una cuestión de principios no es de mi
agrado: aunque no sea esencial para seguir la película, nos
introduce de lleno en un episo-dio de las Guerras Clon que
continúa la serie de animación del mis-mo título –situada
cronológicamente entre los episodios II y III–, la cual ofrece
elementos y personajes que aparecen en esta película, con lo que
aquellos que estén familiarizados con dicha serie conta-rán con
esa ventaja y el resto de los espectadores no, algo que no me
parece que sea de recibo (así lo dije en su momento a propósi-to
de las continuaciones que los hermanos Wachowski hicieron de su
"Matrix",
donde jugaron a algo parecido con "Animatrix"). Tene-mos así una
batalla espacial repleta de cuidados y espectaculares efectos
visuales pero exenta de la más mínima emoción, y una posterior
aventura de los dos Jedi protagonistas en su intento de rescatar
al Canciller Palpatine en la que, no se sabe muy bien por qué,
Lucas ha convertido a Obi-Wan Kenobi y a Anakin Skywalker en un
par de aspirantes a cómicos, con el agravante de que sus chistes
no producen ni el más mínimo atisbo de sonrisa: el resulta-do es
tan desconcertante que el enfrentamiento con el desapro-vechado
hasta el final Conde Dooku –un elemento que se supone esencial
en la trayectoria de Anakin y que rinde abierto homenaje a una
situación similar de "Star
wars. Episodio VI: El retorno del Je-di"– no
transmite nada relevante al espectador.
Lucas se esfuerza en
construir una voluntariosa pero poco elaborada trama con la que
justificar el tránsito del joven pe-ro cada vez más poderoso
Anakin hacia el Lado Oscuro, mez-clando bien el miedo que le
atenaza, que no es otro que la posibili-dad de perder a su amada
Padme, con una intriga política en la que se plantean las dudas,
la desconfianza y el juego de lealtades que establecen los Jedi
por un lado y el Canciller Palpatine por otro, con un Anakin
cada vez más confuso en medio de todo ello. En te-oría, podría
pensarse que es una buena forma de presentar la caída del
personaje, pero, sin embargo, la alternancia de esta historia
con los intrascendentes episodios de batallas en planetas
lejanos de Yoda y Obi-Wan Kenobi (convenientemente alejados del
centro de la acción) resta gran parte de la fuerza a la misma,
hasta tal punto que cuando sucede el que debería ser el punto
más culmi-nante de la saga, la decisión que lleva a Anakin al
Lado Oscuro, Lucas es absolutamente incapaz de explicarlo de una
forma del to-do satisfactoria ya sea con imágenes o con
palabras. A ello no le ayuda, por supuesto, que Hayden
Christensen demuestre ser tan inexpresivo como acostumbra (qué
gran error de casting ha demos-trado ser su elección para este
papel) ni que el horroroso doblaje al castellano provoque que
algunas de las frases destinadas a ser dramáticas se conviertan
en cómicas en los momentos más inapro-piados, algo que a buen
seguro no pretendía su autor. No faltando los elementos del
drama, su desarrollo resulta tan nefasto que pro-voca
indiferencia en la platea.
A partir de ese momento,
todo es un continuo quiero y no puedo. Porque para que los
elementos trágicos de una histo-ria puedan desplegar toda su
fuerza y eficacia, para ello es necesario que el espectador
pueda empatizar hasta cierto punto con aquellos que lo sufren. Y
aquí es donde se revela el principal talón de Aquiles que Lucas
lleva arrastrando to-da la nueva trilogía: su incapacidad de
crear unos personajes con los que identificarse lleva al público
a desentenderse por com-pleto de su destino. En el fondo,
tenemos que asumir sin más que Anakin se haya pasado al Lado
Oscuro de la misma forma que te-níamos que asumir su rabieta
infantil por no haber podido impedir la muerte de su madre Shmi
en "Star wars. Episodio II: El ataque de los clones" cuando para
cualquier persona normal resultaba incom-prensible que ese
personaje no hubiera acudido a Tatooine a libe-rarla de su
esclavitud unos cuantos años antes. De la misma forma tenemos
que asumir el papel inexplicablemente pasivo de una Pad-mé
Amidala que en las dos películas anteriores había dado mues-tras
de su voluntad de tomar parte de forma activa en los
aconteci-mientos. De la misma forma tenemos que asumir que, aun
traicio-nados, los Jedi sean destruidos con suma facilidad por
el Ejército Clon sin que Lucas se digne a otorgarles, qué menos,
un mínimo de épica que justifique su importancia y sus
increíbles poderes. To-do pasa por la pantalla sin dejar la
más mínima huella en el espectador, el cual, si no se deja
arrastrar por el despliegue de efectos visuales del que la
película hace gala, no le que-da mucho a lo que agarrarse (y a
estas alturas, uno está ya más que acostumbrado al espectáculo).
Pero lo peor es que nada parece importar demasiado.
Por supuesto, quedan algunos
asideros, como constatar el deseo de Lucas de hacer una cierta
reflexión política de mucho menos vuelo del que se pretende
sobre los peligros del abuso del poder y lo fácilmente
corruptible que puede ser una democracia, más car-gada de buenas
intenciones que de resultados. Queda también el obligado
enfrentamiento entre Obi-Wan y Anakin, que más allá de sus
esforzadas y por momentos brillantes coreografías de lucha
sa-ble láser en mano, no carece de cierta fuerza dramática hasta
que Lucas se empeña en rodearlos de lava por todas partes y
convertir en una especie de videojuego absurdo algo que por su
propia trascendencia no lo precisa en absoluto (ni siquiera su
resolución está exenta de cierta incoherencia). Otro tanto
sucede con la bata-lla paralela que mantienen en el Senado de
Coruscant el Empera-dor Palpatine y un Yoda al que, sintiéndolo
mucho, algunos de los más nostálgicos de la serie seguimos sin
poder acostumbrarnos a verlo como un caballero Jedi más, por
mucho que se esfuerce la ILM. Y, por supuesto, queda la
resurrección de Anakin convertido en Darth Vader, ese momento,
largamente esperado por los aficio-nados, que Lucas visualiza
como si de la vuelta a la vida del mons-truo de Frankenstein se
tratara, con toda la carga de dolor que se le supone. Basta
entonces con atar algunos cabos sueltos (no se pierdan la
pirueta de guión que Lucas se saca de la manga en una sola frase
para justificar una de las más sonoras incongruencias de la
saga) y asistir al nacimiento de los mellizos Luke y Leia para
ce-rrar el círculo de una vez por todas.
Creo que la vanidad es el
punto débil de George Lucas, y no su afán de amasar más dinero.
Sólo desde ahí puede expli-carse que el mismo hombre que forjó
un universo que ha cautivado a tantos millones de espectadores,
pero que contó con la inestimable ayuda de gente tan competente
como Lawrence Kasdan y Leigh Brackett en los guiones e Irvin
Kershner y Richard Marquand en las tareas de dirección de los
episodios V y VI, haya dilapidado su valiosa herencia
in-tentando crear en solitario una continuación a la altura de
sus predecesoras y fracasando lamentablemente en ello.
No-sotros podemos haber perdido la capacidad de ver estas
películas con los ojos infantiles que teníamos entonces, pero
quizás Lucas debería plantearse la respuesta a un interrogante
tan simple como el que me hacía un buen amigo mío, gran
aficionado a la saga y gran detractor de la nueva trilogía, a la
salida de la sala: «¿Tú ves a alguno de los niños que salen
ahora con nosotros deseando con todas sus fuerzas ser un Jedi o
Han Solo, con ese brillo en los ojos con el que nosotros
salíamos del cine?» Y no, la verdad es que no lo veía por
ninguna parte. Quizás hay que rendirse a la evidencia y, como
argumenta Álex de la Iglesia –director de cine y declarado fan
de Star Wars– en un brillante artículo aparecido en el periódico
El País del pasado 20 de mayo, el problema es que el otrora
líder rebelde y caballero Jedi George Lucas se ha convertido en
un peli-groso Sith que, arrastrado irremisiblemente al Lado
Oscuro, ha ba-jado el listón de la narración hasta convertirla
en un producto dise-ñado para niños de no más de ocho años. Y
por favor, que no me venga nadie con el argumento de que esto es
puro entretenimiento y que no hay que buscarle más vueltas. No,
señores, esto es Star Wars; y Star Wars, como ya se ha dicho, es
para muchos de los espectadores algo más que una simple
película.
David Garrido, al que la
innegable espectacularidad de algunas secuencias, la consabida
profesionalidad del siempre fiable John
Williams o el reconocerle a Lucas que sí hay algunos
momentos resueltos con limpieza y brillantez (me pareció
especialmente bien cuidada la secuencia de la creación de Darth
Vader y me parece acertada su decisión de montarla en paralelo
con el nacimiento de Luke y Leia, por ejemplo) no le distrae del
hecho de que ha tenido que aguantar demasiadas incoherencias,
personajes desaprovecha-dos –o, aún peor, que se comportan de
manera incomprensible– y líneas narrativas meramente funcionales
–que ni llevan a ninguna parte ni consiguen dotar de entidad a
la película– como para que pueda recomendar una obra que si bien
no le aburrió ni le pareció insoportable, tampoco consiguió
fascinarle ni emocionarle. Y ése es un pecado que puede
perdonarle a otras obras, pero no al episo-dio final de La
Guerra de las Galaxias...
Calificación:
    
Imágenes de "Star wars. Episodio III: La venganza de los Sith" - Copyright ©
2005 Lucasfilm. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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