CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Admirable culminación
galáctica
En su desenlace espacial, Lucas
no escatima ingenio al ofrendar una rotunda película en la que
no falta la perfección técnica ni la dramaturgia épica en un
final apoteósico
Nunca antes una película de
cine fue tan esperada. Y George Lucas
parece no haber decepcionado a nadie. A pesar de la
intran-sigencia de algunos desencantados de la nueva saga que
acome-tieron contra la supuesta asimetría conceptual de sus dos
anterio-res episodios, "Star wars. Episodio III: La venganza de
los Sith" lo-gra la gesta de adscribirse a la mitología de la
magia cinematográ-fica. Convertida desde su estreno en la
mejor película de esta nueva continuación, sólo cabe inclinarse
ante el genio y ala-bar esta obra de prodigiosidad épica, de
restitución de los mecanismos que hicieron que las cintas de la
primera trilo-gía pasaran a la historia del cine con letras de
oro. La película devuelve, en gran parte, un segmento
genérico al propio cine. Des-de que las letras azafranadas se
pierden al final de la pantalla al compás de los acordes de un
John Williams (que logra
epatar imagen y música durante todo el filme), la emoción y la
expecta-ción invaden a un espectador entregado a que la
imaginación se desborde en forma de ignotas imágenes y dejarse
llevar por senti-mientos reencontrados que finalizan un puzzle
que el mismo cono-ce de antemano. Estamos por tanto ante una
obra felizmente lleva-da, con voluntad y cariño por la historia,
apreciando las imágenes de un director inspirado, que se
encomienda a esa preparación del instruido público para narrar
su apoteósico desenlace con convic-ción, con la sabiduría
suficiente en el arte del entretenimiento y el espectáculo sin
cortapisas.
La historia comienza donde
acabó el segundo episodio, ahora con Anakin y Obi-Wan en misión
de rescate del Canciller Palpatine, que ha sido secuestrado por
el Conde Dooku y el malvado Grievous (un predecesor robotizado
de Vader). Es nada más y nada menos que el comienzo de la
peligrosa aproximación de Anakin a Palpati-ne (Darth Sidious).
En el Consejo Jedi, tanto Mace Windu como Yoda observan la
avidez de poder del engreído Anakin, más cerca-no al Lado Oscuro
que a la Fuerza. El final de las Guerras Clon se acerca y el
poder de Palpatine es total para llegar a su objetivo: convertir
su coliseo político en un Imperio que le otorgue plenos
po-deres. Por su parte, Padmé está embarazada del joven Jedi,
que en un entorno onírico profetiza su muerte. Para salvarla, no
dudará en caer en el Reverso Tenebroso y procurar su resguardo,
hundién-dose de paso en su propia codicia, en su odio interno
que le hará rechazar todo aquello que le alzó a la condición de
“Elegido”. La epopeya de esta última parte se mueve en este
argumento de con-sabido desenlace con agilidad entre la
mitología y los sueños, en-tre la aventura y la ilusión,
proclamando con su visualidad y narrati-va su índole de
excepción cinematográfica, porque a pesar de su condición
tecnológica y revolucionaria "Star wars. Episodio III. La
venganza de los Sith" está movida por un sentimiento de cine
clási-co, de la ‘space opera’ comprendida en la primeriza e
idolatrada tri-logía. En este sentido, Lucas integra con
maestría la revolu-ción infográfica en una fantástica historia
épica que sustenta su interés en la fuerza de la tragedia griega
que narra.
Existe, como novedad, un
comprometido trasfondo político que se puede malinterpretar hoy
en día, debido a la puntualizada actuali-dad de los gobiernos
modernos, donde subversivamente la demo-cracia se convierte en
dictadura, alentando del peligro de los extre-mismos. George
Lucas ya había descubierto en su anterior saga la forma de
instauración del miedo como sustento de una manipula-ción que
conlleva a una fácil autocracia, la del emperador Darth
Si-dious, que prometió guiar la galaxia hacia la paz y obtuvo el
poder absoluto sin ninguna oposición en un embozado proceso
golpista, propiciando la caída de la República y la proclamación
del Imperio. Un hecho que, conducido al día de hoy, puede verse
como una me-táfora del Gobierno estadounidense, haciendo ver lo
fácil que es caer en el absolutismo con la consiguiente
restricción de liberta-des. La paz, el diálogo, la libertad,
agitadores separatistas y el re-lativismo de todos los conceptos
jalonan un discurso que no es más que la evocación política de
la gloria de arcaicos imperios. O así hay que asumirlo para
disfrutar el filme en condiciones idóneas, porque actualizando
este discurso político se estaría restando la necesaria
intemporalidad que ha tenido la saga durante sus tres décadas de
existencia.
"Star wars. Episodio III: La
venganza de los Sith" es, más allá de doctrinas, una oscura
introspección sobre la manipulación, un es-perado y diligente
encuentro con un ‘doppelgänge’ que representa el lado oscuro de
un hombre insobornable transmutado en un ser tenebroso, lleno de
miedo y de ira. Nos encontramos con un Ana-kin que ha
evolucionado su ego hasta la consecución de lo que él cree la
verdad absoluta. Pero a pesar de ello, el joven Jedi es débil
por ese temor, está coartado por todo lo que le rodea y no es
libre de lo que hace porque fundamenta sus acciones en el miedo,
en el temor a perder lo que ama, en el recelo de no llegar a ser
todo lo poderoso que él ansía. Un hombre que codicia
excesivamente la superioridad y sacrifica sus ideas, su especial
naturaleza y hasta su alma por conseguirlo. Lucas ha logrado
un perfecto engra-naje interno que desglosa un meritorio
progreso emocional y aventurero en una trama con ecos
shakesperianos, erigida so-bre un mirífico tono amargo y
sombrío, sin aparentes concesiones a la puerilidad a lo largo
del tortuoso tránsito del bien al mal de Anakin Skywalker. Este
apasionante tercer episodio es un viaje por el lado oscuro de la
lasitud humana, de la corrupción a la que con-lleva el poder y
la codicia, un épico tratado sobre la tentación, el amor, el
sacrificio, la redención, el fatúm y la maniquea y eterna pugna
entre La Fuerza y el Lado Oscuro.
Asimismo "Star wars. Episodio
III: La venganza de los Sith" exhi-be todas las virtudes y
defectos de los filmes de George Lucas. Tal vez lo más ominoso y
perjudicial de esta substanciosa consuma-ción galáctica venga
derivado de algunas partes del guión que Lucas, como guionista,
no ha dudado en atemperar con frases y diálogos que resultan
reprensibles, sobre todo cuando los protago-nizan Anakin y Padmé
(melifluos y enfáticos, demasiado artificia-es) o en la inerte
seducción del primero por parte del Lado Oscuro, justificada en
un descontextualizado romanticismo trágico. Tal vez se esperaba
algún incentivo más en la transformación del joven Jedi en el
siniestro Darth Vader, resolviendo la significativa vicisitud
con una súbita inversión: de ser un leal aunque arrogante Jedi
al servi-cio de la República a ser el sumiso Lord Vader a las
órdenes de Palpatine y proceder a ejecutar Jedis infantiles sin
piedad ni cora-zón en una secuencia (a tres bandas entre Anakin,
Mace y Palpa-tine) poco verosímil. Adolece de osadía, le falta
fuerza. Hay algo que resulta excesivamente endémico en este
tramo argumental. Tampoco se exterioriza una gran dirección de
actores, aunque Hayden Christensen
despliegue una interesante dualidad de tor-tuosa hondura y el
histrionismo de Ian McDiarmid
comulgue bien con su rol. Por su parte
Ewan McGregor, Natalie
Portman o Sa-muel L. Jackson
parecen cumplir su misión con un comedimiento excesivamente
atenuado.
No obstante, Lucas es más
inteligente que nunca y sabe aco-piar todo lo bueno de las
anteriores películas y sustraer lo negativo a una mínima
expresión. Así "Star wars. Episodio III: La venganza de los
Sith" es, como se esperaba, muy os-cura, melancólica en su
fondo, siniestra y tortuosamente tétrica, impregnada con una
hábil magnitud del espectáculo, sabiendo tributar con el
clásico dinamismo de la esencia dramáti-ca, con la necesaria
ambigüedad de la saga y el cauterizante ritmo que destilan sus
gloriosos duelos con espadas láser, sus batallas espaciales, sus
persecuciones y deslealtades, traiciones y la es-peranza final
de pureza antropológica genuinamente ‘starwarsiana’. Una
conmemoración sin precedentes de efectos digitales tan
per-fectos que continúan luciendo por debajo de la trama, lo que
supo-ne a este final de fiesta cinematográfica un auténtico
espectáculo visual.
Lo que es indiscutible es que
Lucas ha permanecido fiel a su vi-sión, yuxtaponiendo elementos
que pertenecen a la memoria colec-tiva y que tienen como nexo de
unión de ambas trilogías la prome-teica resurrección de Anakin
Skywalker convertido en Darth Vader, corroído por la ira y
encumbrado como el Señor del Mal, consuma-da la traición y
entregado a su adverso destino en el Lado Oscuro, génesis de la
tiranía y el Imperio. Ese núcleo añade a su trascen-dencia la
aniquilación de los Jedi, el exilio de Yoda y Obi-Wan, la
proclamación del Imperio en el Senado y el nacimiento de Luke y
Leia, articulado todo ello en su nivel estético, donde el film
respon-de a los prefacios visuales de la cinta inicial con la
aparición de prototipos de cazas Tie y X-Wing, o con la fugaz
visión de Chew-bacca, el Coronel Moff Tarkin e incluso del
Halcón Milenario y la creación de una desnuda Estrella de la
Muerte, elementos que nos dejan en un contexto familiar. Lo
nuevo y lo tradicional cohabitan en la historia; Kashyyyk (el
mundo de los wookies) o el trágico Mus-tafar (el planeta
volcánico donde Anakin lucha con Obi- Wan) se hermanan al
regreso a lugares comunes de la talla de Alderaan, Coruscant o
Naboo.
Sin embargo, el mayor
aliciente de la historia es la citada meta-morfosis de Anakin en
Darth Vader. Es la idea capital de estos nuevos episodios, donde
el relato sublima el nacimiento del Mal. Y es que esta nueva
trilogía gravita en función de esa sola idea. Una clave que
revela a Vader en un instante funesto y triste, no co-mo el
nacimiento del villano más carismático de la historia del cine,
sino como la muerte del Jedi al que hemos seguido a lo largo de
estas tres cintas en un magistral plano de sub-jetivización
desde la perspectiva del propio Darth Vader, dentro del casco
oscuro. El espectador le ha visto anterior-mente en su
idiosincrasia externa. Sólo restaba verle por dentro. "Star
wars. Episodio III: La venganza de los Sith" es una estruendosa
miscelánea sincopada de maravillosas y espectacula-res imágenes
que se amplifican con una incontenida emoción ge-neracional, un
tributo a la saga que, aun siendo parte de la misma, se cierra
con un halo de melancolía, con esa metafórica esperanza en un
maravilloso atardecer de Tatooine, una de las primeras imá-genes
que vemos en el episodio IV. Está a la altura de las
circuns-tancias y supone una de las mejores películas de este
apático 2005.
Calificación:
    
Imágenes de "Star wars. Episodio III: La venganza de los Sith" - Copyright ©
2005 Lucasfilm. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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