CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Digital wars
"Star wars. Episodio
III: La venganza de los Sith" no
es una pelí-cula, o al menos es algo más que una simple película,
por eso es inevitable posicionarse respecto a ella. Como tantos otros seguido-res
del Universo Star Wars, me sentí especialmente decepcionada al
comprobar el rumbo que estaba tomando la nueva trilogía veinte
años después de que aquellas primeras aventuras espaciales, que
mezclaban acción con tragedia griega, humor con emoción, arte
con entretenimiento, escribieran la historia del cine y
grabaran, a su vez, a toda una generación de mocosos con un amor
loco por el cine que quizás, de haber discurrido las cosas por
otro cauce, no hubiera existido en igual mesura —ni yo estaría
escribiendo ahora misma estas líneas; ya saben a quién echarle
las culpas—. Los míticos
temas compuestos por John Williams, el zumbido de los sables
láser, la respiración entrecortada de Darth Vader, los gruñi-dos
de Chewbacca, las frases invertidas de Yoda o el antológico lema
"Que La Fuerza te acompañe", entre otras señas de
identi-dad, marcaron aquella iniciación a
la magia del cine, del cine como el trabajo de un conjunto de personas
que trasciende más allá de una ficción que dura dos horas y
cobra vida propia en la mente de cada uno. Por eso aquella
primera vez de verdad no sólo se con-templa con nostalgia, o con
una enorme gratitud o admiración, sino que deja una impronta
inexplicable trenzada con las emociones y vivencias de cada individuo,
y por eso los fans de "La Guerra de las Galaxias" tenemos que
justificar nuestra percepción de "un simple film", la sensación
de fraude o, por contra, la benevolencia, con ra-zones que la razón no
entiende, pero que, en cualquier caso, no son obstáculo para tener una visión
objetiva y distanciada acerca de lo estrictamente
cinematográfico.
Por muchas alegaciones que se
puedan hacer en defensa del de-recho de George Lucas a conducir a
su rentable criatura al terreno que le resultara más conveniente, o de la
diferencia substancial de edad que media entre los niños de
entonces y los adultos de aho-ra, y su mitificación de los
largometrajes originarios, a la hora de valorar los dos
primeros episodios que retomaban esta saga galác-tica no hay
vuelta de hoja si uno hace ese esfuerzo de objetividad: "Star
wars. Episodio I: La
amenaza fantasma" y "Star
wars. Episo-dio II: El ataque de los clones" significaron un
descenso importante en el nivel de calidad con respecto a sus
venerables antecesoras. Si la primera era un producto
eminentemente infantil, la segunda parecía, del mismo modo,
destinada a satisfacer a un público ado-lescente, y aunque se
pueda argumentar que esa naturaleza venía impuesta, a nivel
argumental, por la evolución de su figura protagó-nica, Anakin
Skywalker, no son motivos suficientes para respaldar que el
tono y el grado de elaboración de ambos films resultara
de-ficiente para el espectador adulto que esperaba una
continuación a la altura de sus predecesoras. Siempre he
sostenido que Lucas simplemente rebajó el listón para atraer
también a las nuevas gene-raciones, con los mismos recursos
huecos que sirven como anzue-lo en la actualidad, pero obviando
que los antiguos seguidores no iban a darle el beneplácito por
pura fidelidad. De todas formas, no era ése el único ni el más
grave problema que desarmaba las mo-dernas entregas. Allá donde
habían existido algunos de los mo-mentos más memorables del cine,
personajes carismáticos, sol-ventes y convencidas actuaciones,
sólidos guiones repletos de diá-logos para enmarcar, una
dirección dinámica y efectiva, y esa ele-gancia y porte que
presidía, paradójicamente, un producto artesa-nal, ahora, dos décadas después, nos
encontramos con pasajes banales y diálogos rutinarios, clichés
sonrojantes, historias des-membradas llenas de incoherencias,
planas en lo dramático y au-sentes de verosimilitud, unas
interpretaciones acartonadas y pasi-vas, caracteres vacíos,
cuando no estúpidos, y una sensación final de aburrimiento,
oquedad, pompa gratuita y
falta de convicción.
Creo que Lucas tendría
que haberse limitado a labores de pro-ducción, cediendo la
dirección y la escritura del guión a alguien más diestro, como
sucediera con la magnífica "Star
wars. Episodio V: El Imperio contraataca"
logrando inmejorables resultados. A grandes rasgos, se le pude reprochar
que
en las últimas cintas de-satendiera la historia en favor del espectáculo visual, que
descuida-ra la parte humana en favor de la tecnológica, que
hiciera un abuso poco inteligente de los efectos digitales, otra
de las decisiones que repercutían, a su vez, en el deficiente desempeño de los actores, y
restaban autenticidad y cuerpo al conjunto.
Resulta perverso comprobar
cómo todas estas debilidades, erro-res y excesos mencionados siguen estando presentes
en "Star wars. Episodio III: La venganza de los Sith", pero con resultados no sólo mucho
más satisfactorios y entretenidos, sino incluso
pertur-badoramente asombrosos.
Es cierto que mientras que algunos fallos han sido parcialmente compensados,
otras debilidades no han hecho sino agravarse, como el
empleo megalomanía-co de la infografía. Pero "Star
wars. Episodio III: La venganza de los
Sith" ya no es, tampoco en este sentido, una película. Es un
carísimo vídeojuego o un caprichoso híbrido entre acción real y
ani-mación que debe contemplarse con nuevos ojos. No cabe sino
ren-dirse ante las espectaculares imágenes que se alternan;
composi-ciones, escenarios y
criaturas digitales que quitan el hipo, aunque no exentas de
algunos fallos menores, y que en su evolución por la pantalla
mantienen el armazón de la película por sí solos. Porque si algo sobra aquí,
si algo molesta, si algo chirría, son los
humanos, esos actores perdidos como pulpos en medio de la
blue screen, que
recitan lamentables textos que no se creen, que cruzan
expe-riencias ridículas empujados por motivaciones que no
entienden,
escritos y plasmados con desinterés y monotonía por lo que
pare-ce un becario, y que no alcanzan ni la mitad del carisma y
credibili-dad que los personajes no humanos que los acompañan.
Sin el más mínimo resquicio
de duda, la elección de Hay-den Christensen ha sido uno de los
mayores disparates de es-ta saga, junto a la desquiciante
presencia de Jar Jar Binks, quien paulatinamente ha visto
reducida su intervención, hasta que final-mente, aquí, sólo
aparece durante unos segundos y no habla. En-tregar un futuro
villano del calibre de Darth Vader a un joven actor al que le
falta más de un hervor, apelmazado e inexpresivo, desmonta toda
la implicación inherente a un relato de fuertes conflictos
inte-riores, y aunque su desempeño en "Star wars. Episodio
III: La
ven-ganza de los Sith" es reconociblemente mejor, se debe sobre
todo a su melancólica y ténebre caracterización, y al tono
general de la película, funesto y luctuoso, que lo secunda
—¿cómo podré mirar con los mismos ojos a ese imponente Darth
Vader, cargado de sex appeal, sabiendo que en su interior se
encuentra el más insípido de los mortales?—. Por desgracia, Lucas
también dilapidó el talento de los actores que lo rodeaban.
Quizás los que ostentan menor cuota de pantalla no salieran
especialmente perjudicados —a Sa-muel L. Jackson le basta con su
firme presencia para traslucir dignidad, lo mismo que les
ocurre a Christopher Lee como el de-saprovechado Conde Dooku o al
destacado Emperador Palpatine al que encarna un baboso y
retorcido Ian
McDiarmid—, pero se acentúa en un desentragado
Ewan McGregor y
en una Natalie Portman
convertida en marioneta. Y, como nota adicional, si bien esta
saga no podrá presumir nunca de una situación de paridad sexual,
ni de conceder al escaso elenco femenino papeles con la misma
substancia, es penoso comprobar cómo Amidala, la única mujer con
peso en la historia, queda relegada todavía más al rol de simple
objeto, primero como florero engalanado con un vestuario
ri-dículo —por ostentoso e inexplicable en sus sucesivos
cambios—y después como mera portadora de los relevantes Luke y
Leia. Te-niendo en consideración que la tragedia que lastra a
Anakin hacia al Lado Oscuro y las consecuentes desgracias que
conlleva vienen impulsadas principalmente por su dolor en torno
a dos mujeres —su madre y su esposa—, la dimensión que le han
dado a un perso-naje tan vital, y a su relación con el
protagonista, es realmente pobre y hasta humillante —no me
extraña que en la escena de su hinchado entierro se le escape un
sutil parpadeo de rebelión—.
Es justo reconocer que "Star
wars. Episodio III: La venganza de los Sith" no es sólo la más oscura,
política y adulta, sino la
mejor de la nueva trilogía, lo cual no es un triunfo, sólo un
logro relativo, pues todavía se ubica muy por debajo de las
primeras muestras; de ahí a considerarlo un broche digno, media
una gran distancia. Si nos ceñimos a la forma en que sostiene la
historia y a los ingredientes con los que juega, en el plano
positivo queda una mayor consistencia y dinámica en el trán-sito
de unos a otros focos de acción; unas peleas presentadas con
habilidad, por más que su resolución y desenlace sean débiles;
una transformación gradual en torno al personaje de Anakin y a
su destino, verdadero motor del relato, aunque ciertamente las
razo-nes no podrían ser más pedestres, absurdas e ingenuas por la
sim-pleza con que son expuestas; el
acierto de montar en paralelo cier-tos momentos cumbre, como el
nacimiento de Darth Vader y el de Luke y Leia, o la contienda
cuerpo a cuerpo entre Yoda y Palpati-ne, por un lado, y Anakin y Obi Wan,
por otro, a pesar de que des-prendan
un sabor a serie B que le restan prestancia y hondura; el hecho de que se
tome la molestia de atar todos los cabos, si bien lo hace de
forma precipitada y algo forzada, e incorpora ciertas subtramas
que le restan claridad; y la inclusión de algunos perso-najes
atractivos, como
el General Grievous, eso sí,
poco justifica-do, o la recuperación fugaz de Chewbacca en el
planeta de los Wookiees —Yoda, por su parte, sigue castigado
como un peluche ridículo, que aparece como un pelele volátil en
las luchas, ofrecien-do una imagen más propia de un teleñeco que
de un sabio y respetable jedi—. Pero es que, en el plano
negativo, prácticamente podría recurrir a los mismos aspectos,
pues en general, no hay magnitud en las acciones, ni una
verosimilitud en las reacciones y dilemas, ni alma en los
diálogos; el mensaje ideológico de la cinta queda diluido, y la
consistencia y madurez de la historia puestas en entredicho al
pasar por puntillas sobre los puntos de interés, con los que
cumple mínimamente sin aportar más de lo exigido.
Honestamente, me es muy
difícil balancear todo lo bueno que me aportó la película
mientras la veía con el desagradable sabor de bo-ca que me
ocasionaron otros tantos instantes. De manera intencio-nada,
"Star wars. Episodio III: La venganza de los Sith" es un film
que apela a los sentidos para bloquear la razón: nos satura con
su orgiástico aparador visual, el circo de localizaciones, el
teatrillo de criaturas, el potente diseño de producción y la
puesta en escena siniestra y redundante que ahonda en el
melodrama y la lírica, y la fuerza de unas imágenes
inmaculadas que, en combinación con la prodigiosa y omnipresente
banda sono-ra de Williams —a quien Lucas debería construirle un
monumento por cómo le resuelve la papeleta—, que regala a la
entidad toda la emoción, profundidad y matices que le faltan, y
la sucesión de tantos momentos esperados que culminan la
historia, pueden eclip-sar o llevar a olvidar las flaquezas y
desatinos que la colman. No es aceptable que Lucas confíe el
resto a las simpatías, que espere que el reconocimiento, el
apego o el conformismo suplan las caren-cias que debería haber
sorteado. Pero, finalmente, si de impresio-nes se trata, "Star
wars. Episodio III: La venganza de los Sith" me mantuvo
interesada durante sus 145 minutos de duración, me sor-prendió
en muchas ocasiones y no me encolerizó o avergonzó en tantas
otras como esperaba. Si la despojamos de su artificio, nos resta
un producto infantil, torpe, vacuo y desaprovechado. No, no es
una buena película, ni siquiera es una película, pero es una
gran experiencia audiovisual.
Calificación:
    
Imágenes de "Star wars. Episodio III: La venganza de los Sith" - Copyright ©
2005 Lucasfilm. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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